Europa

El infierno en la tierra de Ava y Sinatra

Sus peleas eran tan épicas como tórridas sus reconciliaciones. Fueron un par de animales salvajes.

Si hubo una mujer fuerte y ambiciosa que dirigió en la sombra la vida de Frank Sinatra, esa fue Dolly, su madre. Ava Gardner, con quien él había logrado casarse tras obtener el divorcio de su mujer Nancy, le iba a la zaga. Salvajes y protectoras, ambas le hubieran roto una silla en la espalda a quien se hubiera atrevido a decir que Sinatra no era el mejor cantante del mundo. Tanto Dolly como Gladis, la madre de Elvis, fueron fuerzas de la naturaleza que empujaron a sus hijos a lograr sus sueños. Ava Gardner jugó el mismo papel con Frank en los años oscuros. Ella lo mantuvo en los momentos de crisis personal y profesional, mejoró su autoestima y trató de hacerle olvidar que el hombre era ella. Lo cual causó un sinfín de desavenencias desde el comienzo de su relación, agudizadas cuando Frank volvía a su rutina de italiano: los amigos y las reuniones caseras, en las que Ava debía cocinar espaguetis y apartarse. «Los problemas no existían en el dormitorio –comentó Ava. En la cama siempre nos iban bien las cosas. Los problemas comenzaban camino del bidet». Ella era una mujer egocéntrica, cruel y vengativa, que jamás transigió con los desplantes de Sinatra ni consiguió cambiar sus celos patológicos y los chantajes emocionales. Desde el primer día, Franky le hizo la vida imposible. Y ella la suya un infierno de celos, venganza y engaños. Las peleas eran épicas. Se insultaban con obscenidades, se tiraban de los pelos y llegaban a arrojarse los muebles a la cabeza, acabando muchas veces ensangrentados y con la Policía tratando de apaciguarlos. Como en la histórica pelea de Palm Spring, de testigo Lana Turner. Luego, se olvidaban del motivo y, con una pasión renovada, volvían a encerrarse en el dormitorio, dejando a su alrededor un campo desvastado. Siempre se amaron con un frenesí desquiciado. En aquella pelea volcánica, alguien sugirió con malevolencia que Sinatra había pillado in fraganti a Lana y Ava en su apartamento de Palm Spring, pero los testigos oculares hablan de una pelea de enamorados tan violenta como las que siguieron escenificando en Europa y África, durante el rodaje de «Mogambo» (1953). Ese mismo año se divorciaron, y a partir del rodaje de «La condesa descalza» (1954) Ava Gardner se afincó en Madrid para librarse físicamente de su agobiante figura, integrándose en la no menos disoluta noche madrileña.Su relación tuvo algo de «Pandora y el holandés errante», filme que ella había interpretado con al torero Mario Cabré, con quien ya engañaba a Sinatra. Ava no paró de abrir cajas sin saber cómo cerrarlas y Sinatra, tras volver a ser un cantante de éxito, inició una peregrinación de mujer en mujer, en compañía del «Rat Pack», en noches de alcohol y juego, y broncas y sexo sin fin. «Maladie d'amour»Cuantos conocieron a Gardner y Sinatra coinciden en que eran ingobernables. Cuando, ya divorciado, Franky supo que Ava estaba con Luis Miguel Dominguín, voló a España para reconciliarse, sin conseguir otra cosa que reanudar las peleas telefónicas transoceánicas. Una noche, el compositor Jimmy van Heusen lo encontró en el ascensor de su casa con las venas cortadas. Salió del hospital destrozado, pero con un nuevo «feeling». Su voz sonaba quejumbrosa, con un sentimiento de melancolía estremecedor. Volvió a triunfar, pero nunca recuperó aquel amor que le había devuelto la voz gracias a una voluptuosa «maladie d' amour».