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Compartir piso

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Para mí el estado ideal es el de vivir sola. Mi casita a mi manera, con mis manías, sabores y músicas. No me importa que sea pequeña, sólo pido algo de luz y silencio. Cerca, mi pareja, mis amigos, algunos de los de mi familia. Estar sola cuando apetezca y poder juntarse con los que quieres (si ellos quieren) cuando lo necesites. Maravilloso. En los pueblos, en el campo esto es más fácil, en las grandes ciudades se complica. Los pisos son muy caros y los ingresos, si los hay, cortos. Así que, salvo privilegiados solterones, buena parte de la gente tiene que repartirse el habitáculo. Una faena. La mayoría vivimos con la familia. Cónyuge e hijos que dan calorcito, compañía, voces, amor y… trabajo, sobre todo trabajo. Cuánta lavadora, cuánto polvo, cuánto plato. «Levantarse y volverse a agachar», que dice la zarzuela. En fin, hasta que son adolescentes se suele llevar bastante bien. Son pequeños, no saben, no pueden. A partir de entonces es que no quieren, y la cosa se enreda. No obstante, los que vivimos con familia o amigos, aún en estrechez, somos auténticos afortunados. La pena es tener que compartir con desconocidos. Dormir al lado de un extraño sólo porque él, como tú, no tiene para un techo propio. Peor todavía en «camas calientes», lechos que se alquilan por horas. «Levántate, hermano, que me toca a mí dormir en ese colchón». Con esto de la maldita crisis se vuelve a compartir sin querer. Ojalá, que ya que los poderosos del mundo no hacen más que joderla, los compartidores aprendamos a sonreír en la adversidad. A pedir perdón por dejar demasiada estela. A convivir aceptando. Humildemente. Hasta mejores tiempos.