OPINIÓN: Un huracán fuera de ruta

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Estaba claro que el presidente Barack Obama se iba a quedar sin vacaciones veraniegas este año. Cuando ya creía que los republicanos le iban a dejar tranquilo después de evitar que Estados Unidos entrara por primera vez en bancarrota y después de un mes de julio caliente por las cuestiones del déficit y de la deuda, en las que demócratas y republicanos no se ponen de acuerdo, una nueva tragedia como la del huracán «Irene» sobre la costa este del país ha devuelto antes de tiempo al presidente a la Casa Blanca otra vez.

Es cierto que un presidente estadounidense es una persona expuesta habitualmente al deber de estar pendiente de todos los sucesos que provocan crisis importantes a nivel nacional e internacional debido a la cantidad de intereses que Estados Unidos tiene en todo el mundo.

En las últimas semanas, además de la crisis económica, Barack Obama ha tenido que seguir de cerca el curso de los acontecimientos y las actuaciones de la OTAN en Libia, sobre cuyo conflicto no ha faltado ningún comunicado diario de la Casa Blanca que apuntara al probable final de Muamar Gadafi. Tampoco sobre Siria, donde el presidente Bachar al Asad sigue matando a las decenas de ciudadanos que quieren y piden libertad y democracia para su país.

Para colmo de desgracias en este mes de agosto, la temporada de huracanes, habituales en otoño en Estados Unidos, se ha adelantado con «Irene», que amenaza la costa atlántica hasta una altura desconocida hasta ahora, poniendo en peligro grandes ciudades y regiones de toda América del Norte, desde Carolina del Norte hasta Canadá, pasando por Nueva York y Boston.

Las autoridades de Nueva York han tomado una medida sin precedentes: evacuar a 250.000 habitantes de la ciudad que viven en las zonas costeras para salvarse de las inundaciones. La costa este del país es la más poblada e «Irene» puede afectar a millones de ciudadanos.

En la Casa Blanca se vive todavía el recuerdo de la tragedia del huracán «Katrina» hace seis años, cuando el entonces presidente, George Bush, fue muy criticado por la tardanza para prestar ayuda a la malparada ciudad de Nueva Orleans, en el Golfo de México. El «Katrina», de categoría 3, provocó 2.000 muertos y 800.000 personas tuvieron que abandonar sus hogares.