El Liceo más grande del mundo

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¿Qué tienen en común Alicia Koplowitz y Gregorio Peces Barba? ¿Miguel Boyer y Ana Diosdado? ¿Jaime Mayor Oreja y Miguel Bosé? ¿Ana de Palacio y Oscar Ladoire? ¿Ramón Tamames y Elena Benarroch? Haber estudiado en el Liceo Francés de Madrid, un colegio que ha cumplido 125 años. El Liceo francés de Madrid no es tan antiguo como el Französisches Gymnasium Berlin –Collège Français de Berlín–, fundado por Federico I de Prusia en 1689, pero con sus 4.600 alumnos se ha convertido en el mayor centro educativo francés en el extranjero. En este sentido sí que es el primero de una larga lista de 470 establecimientos que escolarizan, en 130 países, a casi 300.000 alumnos. Lo que convierte al sistema educativo francés en la única alternativa a la enseñanza anglosajona; sin duda más que respetable, pero que carece de ese carácter generalista y público que aún hoy distingue a la educación francesa. Por eso, sus centros de referencia llevan el nombre de la escuela fundada por Aristóteles allá por el 336 a. C. La presencia escolar francesa en España empieza en Madrid en 1856 con la fundación por la Obra de San Luis de una escuela para niñas, remoto antecedente del actual colegio mixto «San Luis de los Franceses» de Pozuelo. Por cierto, pocos meses antes de que el 17 de julio de 1857, se aprobara nuestra primera Ley de Instrucción pública, la de don Claudio Moyano. No fue sin embargo hasta el 18 de mayo de 1884, que la Société de Bienfaisance fundó en el número 4 de la calle de Santa Isabel, a dos pasos del Hospital de San Carlos, hoy Museo Reina Sofía, con cuatro alumnos y un matrimonio de «instituteurs», el colegio de chicos que sería el precursor del Liceo.

Basado en los principios de Jules Ferry, quien desde 1881 impuso en Francia una enseñanza obligatoria, gratuita y laica, cumpliendo los ideales de los «philosophes» ilustrados, que defendían la función social de la enseñanza, el nuevo centro fue creciendo y tuvo que trasladarse a un edificio de la calle de San Miguel, -que acabaría siendo expropiado para construir la Gran Vía madrileña-, y de ahí a la clásica sede del Marqués de la Ensenada, frente a nuestro Tribunal Supremo. La Primera Guerra Mundial provocó una grave crisis en las finanzas del centro, que se resolvió mediante su cesión al Estado francés, el 29 de diciembre de 1919, poco antes de que el Gobierno de París crease la Casa Velázquez, otra de las grandes referencias culturales francesas en España. Tras el estallido de la Guerra Civil el Liceo tuvo que cerrar sus puertas en septiembre de 1936. Aunque la llegada del mariscal Pétain como embajador de Francia, nombrado por el Gobierno de izquierdas de Daladier, ante la nueva España franquista, permitió su reapertura el 16 de octubre de 1939 con 578 alumnos. A pesar de que la sección francesa no tenía reconocimiento jurídico -los alumnos debían seguir simultáneamente la enseñanza española y la francesa- el Liceo alcanzó en 1944 la cifra de 1.750 alumnos. Tal popularidad se explica porque el Liceo se había convertido en un refugio para los hijos de los vencidos y de los disidentes. Allí no se cantaba el «Cara al sol», podía leerse a Voltaire, a Sartre y a Aragón, y se estudiaba la Revolución Francesa. Y se enseñaba a pensar. Por eso el Liceo acogía también a los hijos de las personalidades más abiertas del régimen, como Ángel Sanz Briz, el embajador de España en Budapest que, entre 1942 y 1945, libró a miles de judíos del «endlösung», por la vía de concederles un visado español. Gracias al decreto de Primo de Rivera que reconocía la nacionalidad a los antiguos sefarditas. Durante los años más duros del franquismo el Liceo fue una referencia de apertura, que se consolidó a partir de 1969, cuando España aceptó la validez de los estudios franceses realizados por españoles. A partir de 1977, los dos sistemas educativos quedaron equiparados, en un momento en que el centro se había trasladado a su sede del Conde de Orgaz, y superaba los 3.000 alumnos.

 Hoy el Liceo tiene que enfrentarse a nuevos retos para mantenerse fiel a sus principios, en un mundo en el que la educación pública atraviesa una grave crisis. Los padres tienen que pagar parte de la escolaridad, pero el Estado francés sigue sosteniendo una parte sustancial del coste de un establecimiento que se caracteriza por que la mayoría de sus alumnos son españoles, a diferencia de lo que ocurre en otros liceos del mundo, que acogen a los hijos de los residentes franceses. Larga vida pues a este gran Liceo, que a sus 125 años, sigue formando españoles abiertos a Europa y al mundo.