Historia

A Juan José Tamayo por Víctor Manuel Márquez Pailos

La Razón
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Estos días he tenido ocasión de conocerte personalmente. El lugar donde los seres humanos trabamos conocimiento por primera vez, donde nuestra mirada descubre otra mirada y otra voz que traen noticias de allí hacia donde nosotros mismos vamos sin saberlo, lo recordamos siempre. Y yo te he conocido, como quien dice, en una esquina cualquiera de mi ciudad natal: cualquiera para ti pero no para mí, que he tenido mi ciudad por mi primer libro, espejo en el que los libros de papel y letra impresa han quedado reflejados y leídos.

Reflexionar sobre lo que uno va leyendo a lo largo de la vida, ¿qué otra cosa es sino acercarse a algún espejo con la secreta esperanza de ver reflejados en él los propios pensamientos? En esta aldea global en que se está convirtiendo el mundo hay cada día más seres fuera de lugar, esto es, sin capacidad reflexiva. No guardan en su memoria lugares en los que reflejarse, en los que mirarse una y otra vez a lo largo de la vida para no perder nunca de vista lo que fueron, lo que son. Y es que todos somos lo que fuimos: el niño que jugó en las calles o en los caminos de tierra.

Por eso, de esos obispos que han prohibido últimamente tus conferencias en centros de la iglesia yo no puedo por menos de preguntarme si recuerdan lo que son, esto es, lo que fueron: el lugar aquel sin el que la vida del pensamiento, la reflexión, es sencillamente inviable. Y limitar su expresión, una decisión fuera de lugar. Pero tú y yo hemos coincidido en algún sitio: el saber ocupa lugar.