Escritores

Horizonte twittero

La Razón
La RazónLa Razón

«¿Y qué? ¿Todavía no se ha hecho usted twittero?», me espeta la señora de los lavabos en el restaurante, con la mirada embebida en su teléfono móvil, y uno se queda con la expresión estulta de quien se ha vuelto a quedar fuera de extensión en los tiempos modernos. Pues ya se habrán fijado que últimamente no se para de hablar del invento en todas partes, que si Twiter por aquí, que si Twiter por allá, nos anuncian a los famosos que han entrado en el club y no falta quien nos reproduce sus mensajes colgados en la inmensidad del ciberespacio. Mensajes por otro lado normalmente de cuarta regional que nos retratan a pies juntillas el calibre mental o emocional del usuario, pero que dan la pinta de tener una simplicidad profunda de largo alcance.
Reconozco que me importa un pimiento que el señor Urdangarín entre en la red, lo que diga Paris Hilton, que tipos de inteligencia fiable como Alex de La Iglesia o Santiago Segura lo usen de constante, o que Paquirrín me cuente alguna intimidad. El club del pío pío ha sucedido al Facebook como modo de relación internauta con mensajitos cortos de no más de un par de frases, consecuencia de la vida urgente en la que nos procesamos, y la peña lo ha abordado con entusiasmo para dar fe de pensamiento o vida cada vez que se le enciende o cruza un cable en las meninges.
El usuario de pronto siente un cosquilleo en el bulbo raquídeo, a la vez que un súbito deseo; «Hum, quiero cenar pollo frito», lo que le impulsa también a twittearlo: «Quiero cenar pollo frito», colgándolo en la cosmogonia de la red social, y se queda tan ancho. Luego hay a quien le gusta eso, o no, y nuevas ideas pueden volver al aparato transmisor. Lo que se dice todo un hallazgo a la altura de entretenimiento para futbolistas en horas muertas es ya un fenómeno digno de estudio entre las eminencias de la sociología. Mientras crece la amenaza de una sociedad repleta de twitteros sin cabeza.