Impuestos y clase media

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Desde hace varios días, los ciudadanos asisten atónitos al guirigay interno del Gobierno a propósito de una hipotética subida de impuestos. Lo que una vicepresidenta dice por la mañana es matizado, cuando no enmendado, por un ministro a primera hora de la tarde. Es difícil saber a ciencia cierta si existe un plan fiscal definido o si todo es fruto de la improvisación y la facundia del equipo de Zapatero. Lo que ofrece pocas dudas es que la dirección de la política económica brilla por su ausencia y que en las decisiones del Gobierno se superponen las presiones internacionales, los sondeos sobre intención de voto y los temores del PSOE a perder apoyo popular. De ahí que toda nueva medida para hacer frente al déficit se anuncie rodeada de un halo de provisionalidad, como si fuera una simple hipótesis de trabajo. El propio presidente del Gobierno ha incurrido, de nuevo, en esa indefinición evanescente al anunciar ayer que es probable, que es casi seguro, que tal vez se apruebe una subida de impuestos, pero que todavía no hay fecha, ni forma, ni alcance. Es decir, sólo existe una intención sin rostro ni víctimas, lo que supone una curiosa manera de infundir seguridad y confianza a los inversores y actores económicos. Da la impresión de que el Gobierno pretende, con estos palos de ciego, calmar la indignación de los sindicatos y del propio PSOE, que exigen exprimir a impuestos a «los ricos» para contrarrestar el tijeretazo a pensionistas, funcionarios y dependientes. Al margen de que «los ricos» sean el espantajo que la izquierda suele agitar ante su militancia cuando tiene problemas electorales, Zapatero debería concretar sus palabras de ayer, según las cuales la subida de impuestos no afectará a la «clase media», sino a «los que más tienen». Dicho así, sin poner nombres y apellidos, sin fijar los límites de renta ni especificar la actividad a gravar, la declaración del presidente carece de valor y no tiene más fiabilidad que si fuera lanzada en un mitin de polideportivo, en lugar de formar parte de un plan riguroso y serio para estabilizar las cuentas públicas. El margen para aumentar la carga fiscal es muy reducido y otra vuelta de tuerca impositiva, tras subir el IVA dos puntos a partir de julio, comprometería la reactivación económica y prolongaría la estancia de España en el furgón de cola europeo. Antes de tomar una decisión de esa naturaleza, el Gobierno debe hacer muy bien las cuentas, sobre todo tras el anuncio realizado ayer por el ministro de Fomento de que retrasa un año las principales obras públicas. El golpe que en puestos de trabajo y atonía empresarial supondrá esta ralentización será muy fuerte y doloroso. Fomento soportará, con más de seis mil millones de euros, el grueso de todo el recorte durante 2010 y 2011, lo que llevará al cierre de cientos de pymes. Además, la contracción del PIB se agravaría con una subida de impuestos. Que el presidente asegure que no lo sufrirán «las clases medias» no es ninguna garantía, porque no hay precedentes en la historia fiscal que avalen un hecho tan milagroso. Cuando un Gobierno quiere recaudar mucho más, sólo puede exprimir a las clases medias, pues las que están más abajo no tienen dinero, y las que están por encima disponen de recursos legales suficientes para sortear al fisco.