OPINIÓN: Una asignatura pendiente

«Peonías» (1880), de Renoir
«Peonías» (1880), de Renoir

E l coleccionismo de arte es la gran asignatura pendiente de la España moderna. Si enumeramos a grandes trechos los ismos del arte contemporáneo, enumeraremos también los huecos del acervo artístico español: impresionismo, expresionismo, fauvismo, cubismo, constructivismo y surrealismo. Ello se debe, principalmente, a tres razones: en España no se ha generalizado el coleccionismo hasta fechas recientes, tampoco se ha apreciado el arte patrio de épocas pretéritas hasta que ha sido demasiado tarde y, a la postre, nuestras colonias se independizaron antes de que descubriéramos qué significa eso de coleccionar arte de culturas ajenas.

Empecemos por la última de las razones: Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos tienen grandes colecciones de arte egipcio, griego, romano, asiático, africano, renacentista, barroco e incluso medieval. Ello fue gracias a un expolio militar y económico fruto de aventuras colonialistas. Estas mismas potencias se esforzaron, asimismo, en elevar a los altares a sus propios coetáneos. Sabían que un imperio en el ámbito económico debe serlo, también, en lo artístico. Y si los pintores impresionistas han triunfado, como es el caso de Renoir –que visita ahora El Prado– se debe al afán coleccionista de industriales norteamericanos como Sterling Clark.

Como en España no se daban estas condiciones, artistas como Picasso, Miró o Dalí tuvieron que emigrar a París. Si existen centros dedicados a sus respectivas obras en España, es por decisión de los propios artistas, no del coleccionismo nacional. Tras la desamortización de Mendizábal (1836), grandes lotes de propiedades eclesiásticas pasaron a manos particulares. Las obras de arte, una vez en mercado, acabaron en las colecciones de magnates industriales europeos y norteamericanos. La revolución industrial agiganta fortunas en las naciones abanderadas, condiciona la percepción sensorial y estética del mundo, y facilita la movilidad. Esas condiciones favorecen el expolio de una España preindustrial irresistiblemente romántica, fotografiada por Charles Clifford y Jean Laurent –hoy, objeto de coleccionistas–, o la frecuentación del Museo del Prado por parte de artistas como Manet, que descubrirán a Velázquez como apoyo para su revolución impresionista. En fin, España como mina inagotable de inspiración artística.

Si exceptuamos el caso de Francesc Cambó, el coleccionismo español de arte español será más cosa de artistas que de industriales y burgueses. Fueron significativas las colecciones de José y Federico de Madrazo, Fortuny, Beruete, Zuloaga, Santiago Rusiñol y Alfonso de Olivares. Para ser justos, también habría que rescatar el coleccionismo «al por mayor» de José Lázaro Galdiano y Frederic Marés, aunque el único coleccionista de grandes artistas de su tiempo fue el industrial catalán Lluís Plandiura. Este desolador paisaje ha cambiado lentamente a lo largo de los últimos 30 años. El coleccionismo institucional se ha multiplicado, a pesar de costosos errores. Y el coleccionismo particular se deja ver en ARCO. Si Manolo Escobar y Florentino Pérez coleccionan arte contemporáneo, será que la cosa no está tan mal...