Empresarios

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Hubo un tiempo en que la palabra «empresa» se refería a un símbolo o una figura enigmática que significaba aquello que se quería adquirir, o mediante lo cual se quería mostrar el valor y el ánimo propios. Los caballeros andantes llevaban sus empresas pintadas en sus escudos. «Emprender» era como determinarse a tratar algún negocio arduo y dificultoso. Como dice Covarrubias en su Tesoro o diccionario, emprende aquel a quien «se le pone ese intento en la cabeza y procura ejecutarlo».
Empresario –mejor que «emprendedor», el término que utilizó Rubalcaba en su discurso, tan cursi como sobreactuado, del pasado sábado– es quien se empeña en hacer aquello que le apetece. Se insiste en que la característica del empresario es el gusto por el riesgo. Ahora bien, el empresario es también alguien consciente del peligro, conservador por tanto, y siempre midiendo sus fuerzas para sortear los imprevistos. Covarrubias sí que tenía razón cuando ponía el acento en lo que el empresario tiene de obcecado. Empresario es, en primer lugar, alguien que no aguanta que le digan lo que tiene que hacer y que está dispuesto a pagar el coste de esa independencia.
 Desde esta perspectiva, tan empresario es el responsable de una plantilla de centenares de empleados como un autónomo que factura sólo el fruto de su trabajo individual. Por eso las quejas sobre la falta de espíritu empresarial en España tal vez no estén del todo puestas en razón. Es verdad que hay muchos funcionarios y que muchos jóvenes parecen aspirar sólo a sacar una oposición (¿alguien esperaba otra cosa después de treinta años de educación socialista?), pero también hay muchos autónomos, más de tres millones. Más del 80 por ciento de las empresas españolas son de tamaño pequeño y mediano. Basta con pasearse por cualquier ciudad española o conducir por cualquier carretera de nuestro país para comprender la importancia que tienen las tiendas, los talleres y las empresas pequeñas. Estos empresarios y su espíritu empresarial son una de las claves que permiten entender la naturaleza de nuestra sociedad, la originalidad de nuestras costumbres e incluso la configuración del espacio físico de nuestro país.
Como si se dirigieran a una clientela o a una minoría postmoderna, los gobernantes pretenden sacar adelante leyes sectoriales, como le ocurre al Partido Popular con la Ley de Emprendedores. Son medidas encomiables, sin duda, pero más lo sería acometer las reformas que permitieran a los españoles hacer lo que de verdad les gusta hacer y que tanto beneficia a todos. Reformas en la educación (para dejar atrás la ignorancia y la fácil manipulación de los jóvenes), revisión del IVA (particularmente destructivo con los autónomos y los pequeños empresarios), cambios en el salario mínimo (para que los jóvenes no se topen con la barrera infranqueable con la que tropiezan hoy), modernización del mercado de trabajo… Esas son algunas de las grandes reformas pendientes, reformas generales que devolverán a los empresarios su capacidad de crear riqueza y a la acción política su sentido y su dignidad.