Un libro para siempre por Francisco Nieva

Hay títulos que abarcan una visión del mundo

Se ha dicho: «Desconfiad del hombre –y se supone que también de la mujer– que ha leído un solo libro». Analicemos un poco esta sentencia: se refiere principalmente a aquellos que se ciñen a una única visión moral, estética, política, inspirada en un solo libro, que lo mismo puede ser la Biblia que «Las aventuras de Sherlock Holmes». Una sola visión limitada del mundo, un solo sistema, una sola ideología. Porque un solo libro lo abarca todo, ya sea el Corán o el Mahabarata. Y está muy claro que aquello se ha dicho antes de que se inventara la televisión, el conocimiento que se impone a la vista sin necesidad de leer. O antes de que existiera internet, en el que se puede leer forzosamente más de lo que se quiere. Goce estético sin límitePero volviendo a lo primitivo de la sentencia, yo sí he conocido todavía a personas colgadas de un solo libro, ya sea religioso o profano, unos «abducidos» por el mero conjunto que forma una multitud de hojas de papel encuadernadas. Podía ser, a veces, «el libro preferido», pero en otras ocasiones era «el libro único», el breviario eterno. No necesitaban de más para pensar que se habían instalado en el pleno conocimiento del mundo y en un gozo estético permanente. Como los puritanos, que tan sólo leían la Biblia, y a quienes estaba prohibida la lectura de novelas u otros libros de esparcimiento. «Aquí, nada de distracciones livianas y frívolas. O te sumerges en este maremágnum trágico y divino, o no presumas ya de juzgar en justicia». Éste es el peligro de todos los «libros sagrados» con pretensión de ser libros eternos para un gran número de creyentes.Llevado a un terreno de lo más cotidiano, yo tenía un tío, maestro nacional, que no era tonto ni estaba loco, pero sólo se fiaba del Quijote para enseñar la lengua y el conocimiento de la literatura nacional.Clase de gramática y lectura: ¡el dichoso Quijote! Daría que reír lo que sufríamos los pobres párvulos tratando de pronunciar palabras desconocidas e hilvanar conceptos de los más embrollados. Aquello era como una tortura china. Y mi tío nos llamaba zopencos y burros, nos avergonzaba por no saber decir «magüer» con naturalidad.Sólo cuando crecí y pude estimar todos los valores del libro pensé que mi tío era de esos señores a los que había que echarles de comer aparte. Un fanático de la docencia al estilo arcaico, lo más parecido a un moje tibetano, cuyas múltiples referencias se remiten a un solo libro. No tenía en cuenta que Cervantes era mucho más que Don Quijote, el autor de las encantadoras Novelas Ejemplares, del «Diálogo de los perros», de «Rinconete y Cortadillo», de los entremeses, de la tragedia «Numancia»… Todo aquello lo pasaba por alto y no descarto que hiciera algunas víctimas, pues aquí tiene su sentido más amplio el clásico dicho.Mi tío, natural de Valdepeñas, se había identificado tanto con el hidalgo manchego, que se había convertido en su estampa más aproximada y parecía el propio Don Quijote, el que se enseñaba a sí mismo. Al igual que las novelas de caballerías obnubilaron al personaje literario, el propio libro de Cervantes pudo obnubilar a muchos a su vez. Como a ciertos quijotistas del siglo XIX y principios del XX, tales como don Francisco Rodríguez Marín, que se pasaba de cervantino y quijotesco y escribía él mismo en un lenguaje superferolítico, entre antiguo y reinventado, haciendo equilibrios estilísticos con el idioma. Otro abducido más por el discurso quijotesco, lleno de intencionadas gracias, con un segundo plano de erudición humanística, de la que le sobraba a Cervantes. En suma, una creación artística que no imponía ninguna norma gramatical al público normal y corriente. Era una forma de tomar el rábano por las hojas. Pero, en verdad, los estudios de Rodríguez Marín son una delicia, una creación dialéctico-estilística llena de insospechadas amenidades, utilizando –como Azorín– muchos vocablos en desuso. Aconsejo que se descubra a este genial y delirante descubridor del Quijote. Es una bella y fascinante extravagancia.