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El cestillo de Zurbarán

La Razón
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Cuando yo era niño, las gentes corrientes esperaban la «hora del parte» que era decir el espacio de radio dedicado a las noticias y que había quedado así bautizado desde la guerra civil, cuando primordialmente era un parte de guerra. Pero siguió llamándose así entre aquellas gentes, cuando llegó la televisión y raro era el día en que no se veía la guerra, aunque fuera en Indochina o en Corea, pongamos por caso. Y todo el mundo se esperaba de todas maneras al final de aquella lista de horrores para ver «al hombre del tiempo», hasta que este espacio comenzó a ganar adeptos, y ésta es la hora que las gentes aguantan como quien oye llover lo que sale por la boca de los políticos o de los glosadores y esperan la sección metereológica. Y se diría que son bastantes más los que sólo muestran interés por la televisión cuando se les avisa de que «ya va a comenzar el tiempo», que es locución que suena verdaderamente a filosofía si las hay, y la expectación es como ante el oráculo de Delfos. Incluso si el tiempo que hace muestra una cierta o hasta muy clara contradicción con el que se predijo, y causa un cierto malestar entonces; no se sabe bien si porque el pronosticador se equivoca o porque el tiempo es el que traiciona.

Una vez segadas las mieses, y ajados o quemados los rastrojos, pocas veces deja de concedernos el otoño algunos días de sol, y de un temple apacible. Las gentes llaman a ese sol que ya no es «el sol de justicia», como fue el de agosto, o un carro de fuego, cuando la constelación de «la canícula» o perrilla se alzaba en el cielo, «sol doramembrillos» porque acaba de madurarlos. Aunque en realidad es más tarde, cuando se hace con esos membrillos el dulce que lleva su nombre, cuando parece a veces que es el sol mismo ha quedado apresado en él, sobre todo si en un aparadorcillo o en una mesa aparece sobre un frutero, de cristal azul y le da el sol. El dulce parece encenderse. Y así esas tardes de este tiempo nos parecen tan doradas.

Durante generaciones enteras, por lo demás, los membrillos se han guardado en los armarios roperos para que la ropa adquiriese su aroma; y, aunque más tarde hayan sido sustituidos por productos químicos, quien ha percibido aquellos aromas maravillosos de los membrillos en los armarios, no podrá por menos de torcer un poco el gesto como quien huele formol y otros siniestros «conservantes».

Un efecto colateral de este asunto de los membrillos era antaño también un asunto de melancolía, pero tranquila y para iluminar la intimidad y la memoria, porque con frecuencia venían en cajas metálicas con dibujos más o menos románticos o modernistas, y su destino, cuando el dulce se agotaba, era vario y entraba en el ámbito de la intimidad. Y, desde luego, podía cumplir con diversos destinos domésticos, pero el más alto y espiritual de ellos no cabe duda de que era el ser el archivador de fotografías, cartas y pequeños cachivaches y hasta «cosas rotas»; pero «cosas» y no meros objetos perfectamente sustituibles unos por otros. Es decir, cosas del alma, y por lo tanto «un almario» era aquella caja de membrillo.

Y, aunque estemos a casi medio milenio de Zurbarán, pongamos por caso, lo cierto es que unos membrillos puestos sobre un pañizuelo blanco o en un cestillo o cuenco, siguen siendo una naturaleza muerta verdadera, en muchas cocinas u otras estancias de la casa, y también puede ofrecernos la hermosura de una «pintura de silencio» que era como primeramente se llamaron las naturalezas muertas; y nos contagia ese silencio y la alegría, nos torna pensativos, o nos acompaña simplemente como resumen de mucha vida de adentro. Y, a lo mejor, y no solamente porque los atardeceres son ya algo frescos nos recogemos pronto en nuestra estancia y en esos interiores de cada quien y cada cual.