El pactoque creó Pensilvania por César Vidal

El único tratado que se respetó entre indígenas y europeos se firmó un 23 de junio en un lugar que recibió el nombre de Pensilvania

La estatua de William Penn, en Filadelfia
La estatua de William Penn, en Filadelfia

E n 1682, el duque de York, futuro rey Jacobo II de Inglaterra, entregó un pedazo de territorio americano a un caballero inglés llamado William Penn. El objetivo fundamental de aquella donación era lograr que buena parte de los cuáqueros abandonaran la metrópoli y se establecieran al otro lado del Atlántico. Aparecidos a mediados del s. XVII, los cuáqueros seguían estrictamente el Nuevo Testamento por lo que se negaban a pronunciar juramentos, servir en el ejército y pagar diezmos eclesiásticos. Por añadidura, convencidos de la igualdad de todos los seres humanos, llamaban a la gente de tú y no se quitaban el sombrero ni siquiera ante el rey.

Inofensivos socialmente, incluso habían desarrollado numerosas tareas humanitarias como la creación de instituciones para el cuidado de enfermos mentales, hospitales para indigentes e incluso bancos para necesitados. Sin embargo, para no pocos ingleses, católicos y protestantes por igual, semejante exhibición de bondad resultaba un tanto molesta.
William Penn aceptó la donación del duque de York, pero, nada más desembarcar en el Nuevo Continente, insistió en establecer contacto con los que consideraba legítimos propietarios del territorio y, en un acto sin precedentes, comprárselo.

Filadelfia, amor fraternal

Acostumbrados a la conducta, no precisamente delicada, de otros blancos, los indígenas se sintieron sorprendidos de la iniciativa de los cuáqueros, pero aceptaron establecer un precio y, a cambio, aceptar el cambio de propiedad. Lo que se estableció en la antigua tierra de los indios lenapes fue un territorio que recibió el nombre de Sylvania (tierra de bosques), aunque el rey lo cambió por Pennsilvania (Pennsylvania).

Su capital se llamaba simbólicamente Filadelfia, una palabra griega que significa «amor fraternal», pero que también es la denominación de la única iglesia fiel en el Apocalipsis. Gran organizador y, a la vez, avanzado para su tiempo, Penn rehusó que la colonia fuera gobernada por un consejo de notables y, en su lugar, estableció una asamblea elegida democráticamente que se comprometió a no utilizar la violencia en las relaciones internacionales.

Por añadidura, Penn estableció como principio innegable de la nueva colonia la libertad de religión. Protestantes, católicos o judíos podrían vivir en ella siempre que respetaran las leyes que incluían no blasfemar, no tener diversiones ruidosas y molestas o no celebrar peleas de gallos.

Por si fuera poco, la esclavitud, legal en las dos Américas, quedó excluida de la colonia cuáquera. Con una visión verdaderamente prodigiosa, Penn propugnó la unión de todas las colonias inglesas en lo que hubiera sido un antecedente directo de los Estados Unidos e incluso abogó por una Unión europea que sirviera para evitar las guerras que, periódicamente, amenazaban el continente. Además, sus relaciones con los indígenas resultaron extraordinariamente fructíferas. La ausencia de coacción y, sobre todo, el ejemplo moral llevó a no pocos de los lenapes a abrazar la fe cristiana de los cuáqueros.

El tratado suscrito con éstos se convirtió en el único que fue respetado por el hombre blanco en su trato con los indígenas tanto al norte como al sur del río Grande. Como en tantas ocasiones, antes y después en la Historia, la garantía del cumplimiento residió más en la pureza de corazón que en la solemnidad de los protocolos.