Castro y el Rey

La Razón
La RazónLa Razón

Castro estaba empaquetando sus cosas personales para ceder su despacho a Juan Soler, y aún no se creía que iba a dejar de ser alcalde de Getafe. No le cabía en su generosa cabeza, la idea de que por primera vez en 32 años, el PSOE había perdido unas elecciones en el municipio. Bastón y alcalde eran como una misma cosa, pegada la una a la otra. Castro ha dado para mucho en 28 años. Ha sido un personaje entrañable e irascible con el rival; ha sido cortés y canalla con la derecha, a cuyos votantes llamó «tontos de los cojones», y correcto cuando entregó un ramo de flores a la viuda de Franco en un jura de bandera de uno de sus nietos en la base aérea de Getafe; o cuando ha hecho de poeta improvisado en discursos y ha repartido besos a los ancianos. Nos ha dejado frases para la historia de lo anecdótico y también de lo esperpéntico. Contaba que cuando le preguntaron a su madre qué había tenido, ella respondía: «He tenido un alcalde». Él no pensaba que sería un alcalde con fecha de caducidad, sino vitalicio. Y en su despedida deslizó una de sus frases ocurrentes a modo de epílogo: «Pido perdón al Rey porque le he fallado. Me decía que quería tenerme siempre cerca de él como alcalde y le he fallado y le pido perdón». A partir de este momento, perdón para Castro, pero no hay perdón para Juan Soler por haberle quitado al Rey su pequeño alcalde particular. Los reyes antiguos tenían a su alrededor bufones; los modernos tienen alcaldes.