Oriente no deja de arder

La Razón
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La salida forzada de la presidencia de Egipto de Hosni Mubarak no ha solventado,al parecer, ninguno de los problemas por los que muchos ciudadanos egipcios salieron a la calle para exigir cambios, libertad, justicia, igualdad social y, en definitiva, más democracia para el país. Un acto de homenaje a las 800 víctimas de las revueltas populares que condujeron al derrocamiento de Mubarak fue el detonante para una intervención policial en la que al menos 1.000 personas resultaron heridas en la plaza de Tahrir, célebre por ser el lugar en el que los revolucionarios exigieron libertad a principios de año. Ahora solicitan mayor celeridad en los procesos judiciales contra altos cargos del régimen, retrasados recientemente y presuntos responsables de la muerte de 800 manifestantes. Asimismo, quisieron mostrar su indignación por la falta de avances en el proceso de reformas prometidas durante las revueltas y exigieron un rápido desarrollo de las mismas. Sin embargo, las imágenes de ayer obligaban a retrotraer al mes de febrero, cuando la plaza de la Revolución era el escenario de duros enfrentamientos entre manifestantes y Policía antidisturbios y el ruido lo producían las sirenas de las ambulancias. Ayer, la plaza mostraba una imagen muy parecida a la de aquel día con el estallido de los disparos de gas, la estela de humo en el aire y la huida de los activistas hacia espacios más respirables. Lógicamente, la versión oficial atribuye a los manifestantes el papel de agresores y a las fuerzas de seguridad el de víctimas que se limitaron a defenderse.