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El Editorial

Elecciones y confianza

Tiempo de lectura 4 min.

12 de julio de 2011. 23:27h

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13/7/2011

Europa no encuentra la salida a la tormenta perfecta que amenaza su estabilidad y que ha situado a parte de sus economías al borde del colapso. Las autoridades comunitarias se citaron ayer en nuevas reuniones para tejer alguna respuesta contra la emergencia de los mercados de deuda y un mínimo aliento para los países especialmente cercados por la desconfianza de los inversores. El presidente del Consejo Europeo ultimó una cumbre extraordinaria con los líderes del euro para tratar el rescate de Grecia y el contagio de la crisis a Italia y España, pero el pesimismo se generaliza. Las autoridades europeas parecen afectadas por una incapacidad endémica para trazar una hoja de ruta viable y adecuada desde que arrancó esta crisis. Existe una falta de liderazgo evidente y una ausencia de voluntad real para aglutinarse en torno a propuestas comunes con los sacrificios nacionales necesarios. Es también un sarcasmo que aquellos países que no hicieron en su momento los deberes pretendan imponer sus políticas y condiciones hoy a las grandes economías que se recuperan gracias a reformas exigentes. En este sentido, que el Gobierno culpara ayer a Alemania del repunte de la crisis de la deuda  es un pobre argumento para explicar la fragilidad de nuestro bono y su mermada credibilidad política. Una vulnerabilidad que disparó la prima de riesgo hasta rozar unos históricos 380 puntos básicos y que sólo se relajó después de que el Banco Central Europeo interviniera para frenar la sangría en los mercados con la compra de bonos periféricos.
Cada día que pasa demuestra que la UE y España padecen los efectos de una crisis de confianza. La primera, por la incapacidad del proyecto europeísta para consolidarse como una auténtica unión política y económica capaz de coordinar sus políticas para salir de una encrucijada que amenaza a la UE con el naufragio. La segunda, por la falta de credibilidad de un Gobierno socialista agonizante y sin pulso ni determinación para afrontar el ingente, pero imprescindible, proyecto reformista que España necesita. Lo cierto es que nuestro país tiene unas urgencias divergentes de las necesidades particulares del Ejecutivo, volcado y condicionado por los planes y la estrategia electoral del candidato del PSOE a la Presidencia. España necesita cambiar la percepción internacional que genera y está perdiendo meses clave en los estertores de un tiempo político vencido. No son la sociedad ni las empresas ni los trabajadores los que alimentan la desconfianza, sino un Ejecutivo que fracasó incluso cuando se vio obligado a cambiar su discurso con reformas que no fueron tales.
Como con acierto recordó Mariano Rajoy, «España es un país solvente», con potencial y capacidad para afrontar un exigente proyecto de recuperación nacional y estar «en el grupo de los buenos». Pero ello sólo será posible con otro Gobierno y por eso el adelanto electoral es ya una cuestión de interés general. El objetivo es que el país cuente de nuevo con un Ejecutivo serio y una política creíble y adecuada para responder a los problemas. Sólo así se podrá recuperar la confianza y sólo así se despejarán las incertidumbres y se desvanecerán los fantasmas poco a poco.

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