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Soy partidario de fusionar municipios de menos de mil habitantes. Y de menos de cinco mil. En España hay más alcaldes que longanizas. Pero no le falta la razón a Luis María Anson cuando recuerda que las rivalidades y los odios más agudos se dan en España entre los vecinos inmediatos. Y no de municipios pequeños y olvidados. Elda y Petrel, en la provincia de Alicante, están urbanísticamente unidos. Son una misma ciudad. Pero la distancia entre la primera y la segunda es insalvable. Lo mismo sucede con Alcobendas y San Sebastián de los Reyes, en la provincia de Madrid. Se unirán cuando la Capital se trague a las dos, que no tardará mucho tiempo en hacerlo. Madrid con Sanchinarro y las Tablas alcanza hasta la cuesta de Valdebebas, que es ya Alcobendas. Años atrás, el Alcalde del Escorial me pidió que leyera el pregón de las fiestas de aquella localidad serrana. No soy partidario de los pregones. Me causan un acusado alipori. Se trata de quedar bien y elogiar a la Reina de las Fiestas, que no siempre inspira elogios. Los padres al acecho, a ver qué dice el pregonero de la nena. Es un rollo. Me reuní con el Alcalde con una hora de antelación a la lectura del pregón. Y menos mal. De no hacerlo, habría salido del Escorial escoltado por la Guardia Civil. Ignoraba que el Escorial y San Lorenzo del Escorial son dos municipios enfrentados y nada influidos por la imagen de la unidad. La linde la establece la pared sur del Monasterio, o algo así. Hay tramos de setos de boj en el Jardín de los Frailes de San Lorenzo, y hay trechos del Escorial. Un lío morrocotudo. Los españoles no tenemos remedio. Algo parecido sucede en Italia, pero con menor encono. Como ha escrito con su acierto habitual J.A. Gundín en estas páginas, hay centenares de Villarribas y de Villabajos en nuestro país. Muchos de esos ayuntamientos adeudan a la Seguridad Social más que el valor de la localidad entera. Y ese derroche en alcaldes y concejales no lo puede soportar nuestra metastática economía. Pero el remedio es complicado, porque imponer la animadversión por ley es un mal negocio.
Los dibujos acerca del nacionalismo del gran Mingote retratan esa contrariedad constante y creciente. Los nacionalismos catalán y vasco son menos peligrosos que los aldeanismos de la inmediatez. Al fin y al cabo, los nacionalismos periféricos no son más que un negocio sustentado en el chantaje al Estado. La separación se da en los pueblos. Y los odios que vienen de varias generaciones. Y los deseos de escisión no se detienen ahí. Viajaba con el mencionado genio por carretera hacia Villafranca del Bierzo, donde Luis Del Olmo nos había convocado para hacer el programa y comer posteriormente un botillo, esa barbaridad embutida y culinaria berciana. En la tapia de una casa abandonada leímos: «Castilla independiente». ¿Independiente de qué y de quién?, preguntó mi amigo. Alcanzamos Astorga, con su palacio arzobispal gaudiano, verdaderamente estremecedor. Y leímos en un murete: «León, independiente de Castilla». Al menos, los propagandistas de aquella independecia tenían claro de quién querían ser independientes. Superada Ponferrada, y a pocos kilómetros de Villafranca del Bierzo, el mensaje no albergaba ningún espacio para la duda. «El Bierzo, independiente de León». Antonio estaba entregado. «Vivimos en un país de locos», comentó. Ascendíamos por la cuesta que lleva al Parador de Villafranca, cuando un último mensaje nos alegró el desconcierto: «Villafranca, independiente del Bierzo». Una locura sólo asumible desde el humor.
En Italia, Berlusconi ha optado por eliminar centenares de municipios. A ver quién es el guapo que se atreve a hacerlo en España. No le recomiendo que lea pregones en El Escorial.