Oslo

El mortal más peligroso

El mortal más peligroso
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Lo peor del juicio contra Anders Behring Breivik, el ultraderechista noruego juzgado por el asesinato de 77 personas, la mayoría adolescentes, en julio del año pasado, en Oslo y la isla de Utoya, es que el fiscal considera que no sabía lo que hacía. Es decir, que padecía alguna clase de locura. Visto desde aquí, recordando lo malas que resultaron para la prevención del delito las autoridades noruegas, puede presumirse que esta manera de declararlo loco es una forma de autoexculparse. Los noruegos, dormidos sobre su apacible territorio, donde no hay crisis ni necesidades, se olvidaron de la maldad hasta que despertaron a bombazos en Oslo. Las bombas que Breivik había colocado en un coche.

El terrorista asesino, de 33 años, cometió, con una perfección inigualable, un primer atentado contra los edificios oficiales en la capital y luego huyó hasta la isla de recreo, donde pasaban sus vacaciones unos 500 jóvenes del partido laboralista. Habría bastado un solo guardia para que a Breivik se le hubieran caído los palos del sombrajo, pero no había policía. Ni helicópteros para llegar pronto, ni barcos para transportar hombres y equipo. Un desastre de previsión y protección.

La seguridad en la isla de Utoya brillaba por su ausencia, como en la calles de Oslo, donde puso impunemente los explosivos. Y porque Breivik había cerrado su fantasías entregándose a las fuerzas del orden porque si no, se habría cargado a algunos guardias y se habría dado el piro, porque era el único con la piel del diablo, en un país pacífico y adormilado, donde los políticos tienen la conciencia tranquila porque creen que actuaron bien.

Noruega se ha convertido por derecho propio en el país que a base de ser un nuevo rico mal criado, se ha olvidado de los peligros potenciales. Como el príncipe que todo lo aprendió en los libros, el país entero está contagiado de una falsa seguridad con la que Breivik acabó a tiros. El asesino de masas, Anders Behring Breivik, al que quieren hacer pasar por loco, porque entonces todo se explica y todos quedan a cubierto: ¿qué se puede hacer con un loco?

No se arrepiente, defiende a su país, su ideología y su etnia. Breivik no está como una regadera, si no que es un criminal agresivo, que cree en su delirio. Va a ser juzgado por un tribunal popular, con asistencia profesional: dos jueces profesionales y tres ciudadanos, un maestro, un funcionario y un jubilado. Me imagino de jubilado escuchando a este exaltado diciendo por qué mató a tiros a chicos de diecisiete años. Breivik dice que no está loco y yo le creo. Es un soberbio que se tiene por inteligente.

Y sin embargo, los políticos no han considerado que haya que hacer grandes cambios de seguridad o legales. Pero habría que restringir la venta de armas y desde luego poner a la Policía en alerta cuando haya grandes concentraciones como la de la isla de Utoya. Miren señores noruegos: de seguridad, no tienen ni idea.

Algunos saludables noruegos resulta que están de acuerdo con algunos postulados del loco Breivik sobre la guerra contra el islam, los racistas, el antisemitismo y el belicismo. Breivik es el portero de Auschwitz. Como jubilado, yo le metería en la cárcel tratándole como lo que es: el más peligroso de los mortales. Digan lo que digan el funcionario y el maestro.