Máquina mon amour

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No nos estamos dando cuenta, pero las máquinas nos están robando la memoria y el trato humano. Las empresas, las instituciones… ya contestan sin personas. «Marque, diga, no le entiendo…». Ésas son las palabras de la desalmada autómata. Ayer estuve en una exposición de pintura, y a la entrada te ofrecían esos aparatitos a los que te conectas con unos auriculares y una sugerente voz te da todo lujo de detalles sobre las obras. Sugerente voz, sí, que no se contagia del entusiasmo que te provoca sentir alguna hermosura, ni te estimula si la indiferencia se apodera de ti. Cuando una mira alrededor, con el impulso de compartir la emoción con alguien, encuentra que los demás tienen los oídos enchufados a su aparatito.

Lo virtual va ganando terreno a lo presencial. Ya no es extraño ver a alguien por la calle manteniendo una conversación animadísima con el aire. Queda tan ridículo… Si nos topamos con alguien conocido, rápidamente le decimos: «Nos llamamos», o «nos escribimos». Pareciera que las relaciones tengan que pasar necesariamente por el filtro de la tecnología. La relación cuerpo a cuerpo nos incomoda y la evitamos. Siempre nos pilla sin tiempo. Hemos llegado a poner mensajes a alguien que está en otra habitación de la casa, para no levantarnos, no molestar o para que nos escuche sin ser interrumpidos. Así estamos, dominados por las máquinas de tal modo que un día, mientras miramos la nuestra, va a sacar una mano y nos va a dar una colleja. Quizá la cosa sea muchos más grave y las máquinas acaben superando la inteligencia humana, ya se habla de ello. Abducidos estamos. Y sin freno.