Vid y sarmientos por Luis Emilio Pascual

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La sociedad moderna se caracteriza por la transformación continua; parece que ser progresista es cambiarlo todo; por el contrario, conservar algo es de trasnochados, carcas o inmovilistas. Sin embargo la experiencia cotidiana enseña que sólo fructifican las cosas bien enraizadas y sólo se desarrolla lo que está bien asentado; cuanto más alto es un edificio más profundos son sus cimientos; y lo que vale para los edificios rige para la existencia humana: si queremos elevarnos sobre nosotros mismos, hemos de saber descender a lo más profundo de nuestro ser; si no es así, nos moveremos, cambiaremos, sí, pero como las hojas caídas del árbol, que el aire desplaza según la dirección en que sopla, sin destino ni futuro claro, a veces incluso girando como remolinos en torno a sí.
Vid y sarmientos. Sólo aquellos sarmientos unidos a la cepa de la vid dan fruto. Jesús llama a permanecer en Él no porque quiera impedir el cambio y la transformación, no porque quiera frenar el movimiento, el desarrollo, la libertad del hombre, sino precisamente para impulsarlo. Por experiencia pastoral tengo por evidente que ni la fe se puede vivir sólo, ni la salvación -regalo de Dios a través del misterio redentor de Cristo- puede acaecer sin la comunidad eclesial, que la maduración personal y cristiana se obtiene a través de una comunidad de fe, y que la euforia humana lógica tras un cursillo, unos ejercicios espirituales o una experiencia de Dios… se apaga y se echa a perder, como el cava, si tras abrir la botella la dejamos a un lado.
«Sin mí no podéis hacer nada». cristiano un sarmiento injertado en esa vid que es Cristo, a veces mimado, a veces podado, pero siempre cuidado por el labrador, el Padre. Así de sencillo, así de esperanzador. Quien entronca su cordón umbilical con Cristo da fruto abundante: sea una viejecilla sin relevancia social a quien le nacieron los dientes en la Iglesia, sea un joven drogadicto proveniente de la violencia callejera. En cambio, quien vive de su propio «yo» -personalidad, talento o méritos- es lo más parecido a un sarmiento desgajado. El que permanece unido a la vid tiene savia, corre por sus ser la misma vida de la cepa y es totalmente libre. En cambio, el sarmiento desgajado de la vid no reverdece, ni da fruto; se seca y muere. Y el fruto abundante es evidente: una vida nueva, una vida de entrega y amor. En el Bautismo fuimos injertados a la vida nueva de Cristo, como los sarmientos a la vid.
A un cristiano no se le mide por su origen, sino por la vitalidad de su fe. No se trata de tener una «denominación de origen» determinada, reconocida. Su origen puede ser bastante «peligroso»: tuvo negocios turbios, vivió en un barrio marginal, se drogaba, perseguía y maltrataba a los diferentes, no estudiaba, era un estafador... Como Pablo, como aquel ladrón en la cruz, como... Lo importante no es quién soy o de dónde vengo, sino el entronque vital con Cristo.
 

 

Luis Emilio Pascual
Capellán de la UCAM