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Grecia

Así se fabrica un relato por Manuel Calderón

La Razón
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La guerra la acaba ganando quien imponga un «relato». Ésa es ahora la palabra. La gramática dirime quienes con los vencedores y quienes los vencidos. Por ejemplo: Franco ganó una guerra pero el relato lo ganaron los perdedores. Más ejemplos. Los dirigentes chinos se tintan el pelo y así parece que el tiempo no pasa por ellos. Que manejan como empleados de unos grandes almacenes. Llegarán a viejo, seguirán en el poder, mandarán al paredón a los corruptos, expulsarán del Partido a los que no quieren compartir las dádivas, pero ellos seguirán siempre jóvenes, como si llevasen cuatro días en el cargo. Es una forma de gerontocracia rejuvenecida acorde con los tiempos. Es su manera de falsear la historia, aunque nadie que se tinte el pelo aspire por tan inocua cuestión a controlar la memoria colectiva, que sepamos. Como se dice ahora, este es el relato: cambiar el cuello Mao por la corbata de Hermès y las canas por una loción magistral. Y así, la defenestración del dirigente Bo Xilai, llamado a lo más alto del poder, pasará a la historia como la condena de su mujer por matar –amor mediante o sólo sexo– a un empresario británico. Un perfecto relato de intriga.

Pongamos otro ejemplo más cercano de cómo se construye un relato. Sánchez Gordillo, sin ir más lejos, el dirigente vitalicio de los jornaleros andaluces –y alcalde de Marinaleda desde 1979 y con la oposición en la oscuridad de este «pequeño régimen comunista», según lo ha calificado «The New York Times»–, también instalado en la industria moral de la pobreza y en la hipersolidaridad propalestina (pero si hasta David Bisbal va con «kefia»). El otro día, después del asalto al supermercado, dijo que él se quedó en la puerta porque hizo «una maniobra de distracción», que para eso es el comandante en jefe de sus parias. Mientras él dirigía la operación, sus descamisados llenaban los carritos de paquetes de garbanzos, y la verdad es que ese bandolerismo nos ha distraído durante unos cuantos días. Pero la pobreza no da para más. Y Sánchez Gordillo tampoco es Dickens.

La figura del demagogo que él encarna sin escrúpulo alguno no es nueva y ha vivido etapas mucho mejores, siempre en regímenes totalitarios o de un populismo asfixiante. El demagogo fue detectado por primera vez en la Grecia antigua antes de la democracia y no ha cambiado mucho desde entonces, pues se trata de convertir a los ciudadanos en muchedumbre y perpetuarse en la más ínfima de las condiciones sociales para así prometerles su redención, sueño que no llegará nunca, y menos si te pilla dentro de un Mercadona.