Amparo Baró: «Nunca añoré ser un sex symbol»

LA RAZÓN regala el viernes «Trío de damas», una de sus primeras películas

Amparo Baró: «Nunca añoré ser un ''sex symbol''»
Amparo Baró: «Nunca añoré ser un ''sex symbol''»

Un día vio a Asunción Sancho interpretar «Seis personajes en busca de autor» y le deslumbró. La familia ya no podía seguir costeándole la carrera de Filosofía y Letras y en ese momento, ante la Sancho, junto al altar del escenario, se fijó la meta definitiva: «Esto es lo que quiero ser, actriz». Y eso fue, es y será por los siglos de los siglos, amén. Como todas las cómicas que se precien, la Baró dice tener mucha suerte «porque he podido vivir de esto siempre». Nada más. Sin alharacas, sin grandes palabras. Este periódico regala el pró- ximo viernes una de sus primeras películas, «Trío de damas», de Pedro Lazaga, y Amparo no se acuerda de casi nada:
–A Paco Rabal ni le vi. Sí recuerdo a Laura Valenzuela. Yo hacía un papelito, era la dependienta de una bou- tique. Ah, pese al título, no era una película porno. De eso estoy segura.

–Trata de los celos de una casada por las amigas de su marido...
–Los celos siempre han dado mucho juego en el cine y en el teatro. Creo que hoy da vergüenza reconocer que se sienten celos, como decir te quiero. Parece que es mostrar cierta debilidad.

–La película es del 61...
–Ese año estrené en el teatro «Vamos a contar mentiras», de Alfonso Paso. Recuerdo la vida bohemia de entonces, las noches largas. Nos veíamos mucho actores y periodistas. Pienso que ahora actores y periodistas nos hemos perdido un poco. ¿Adónde se puede ir que se pueda hablar?

–No lo sé. ¿Cómo vivió el franquismo?
–Como pude. Quizá no me daba cuenta de todo lo que pasaba; vivía en la burbuja de los actores: teatro, censura, huelgas por el día de descanso, etc., pero sin duda un mundo más libre, más liberal. Creo que la palabra es sobrevivir. Sobreviví al franquismo.
(Fuma Ducados. Está contenta porque ha oído en alguna parte que la Ley Antitabaco no entrará en vigor hasta julio del año que viene. Viste jersey y pantalones. El pelo castaño. La mirada muy viva, inquieta. Es la misma Amparo Baró, física y mentalmente, de nuestras noches golfas. Yo la veo igual: es el bucle temporal que me devuelve al viejo sofá de Oliver con Ava Gardner a un lado y Sara Montiel al otro y la Asquerino en el medio, siempre en el medio. También conserva el sarcasmo fresco).

–No sé si siente que la han desaprovechado en el cine...
–No, pero lo mío es el teatro. A veces digo que no sé hacer cine, que es muy difícil, más difícil que el teatro. Pero, ya ve: hago «7 mesas de billar francés» y me dan un Goya. En el teatro me siento segura. En el cine me siento un poco vendida, porque el que hace y deshace es el director.

–Su físico la condiciona en el cine, la relega a papeles secundarios...
–Claro. Los grandes papeles son para las guapas. No pueden pensar en mí para hacer de Cleopatra.

–¿No ha echado de menos ser un «sex-symbol»?
–No, nunca; he echado de menos ser mejor actriz.

–Decía María Zambrano que su mayor desgracia era haber sido fea y pobre...
–Yo creo que ser fea no es nada malo. Nunca he tenido la impresión de que ser fea fuera un lastre; soy bajita y feíta, sí, pero siempre han dicho que en el escenario parezco otra. Es que el teatro es algo íntimo, una confesión. No me gusta que me vean en los ensayos. Y sin vanidad sería incapaz de subir a un escenario.
(Hizo una de las primeras series de televisión de éxito, «Galería de maridos», con Adolfo Marsillach, dirigida por Armiñán: «Duró 5 años; la hacíamos en directo, después del hombre del tiempo y el anuncio de aspirinas». Luego, un intento de parodia de «Las chicas de oro» –«Juntas, pero no revueltas» se tituló– que fue mal. Amparo cree que el problema está en los guiones: «En EE UU son muy buenos y aquí no hemos alcanzado aún esa bondad; hay talento, pero a los guionistas no se les paga bien ni se les reconoce; a mí me dieron no sé si 12 o 15 premios por "7 vidas"; a los guionistas, ninguno. Y el mérito era de ellos». Sigue siendo una gran discutidora, yo diría que incluso le gusta cabrearse. «Quizá sí, a lo mejor cabrearme es lo que me da vidilla»)

–Terminó «El Internado»...
–Lógico: ya no daba más de sí.

–Era Jacinta, la rigurosa gobernanta de buen corazón. Como usted, ¿no?
–Yo soy buena gente. Disciplinada en el trabajo. Intento nadar y no hundirme. Ahora estoy desorientada por todo lo que pasa, la crisis y todo eso. No sé qué pasa. Y lo peor es que nadie parece saberlo muy bien.

–Una anécdota: rechazó a Almodóvar en sus principios...
–Sí, aún trabajaba en la Telefónica. Me ofrecieron un papel en el que tenía que hacer pis encima de una señora. Me pareció chabacano.

–Y ahora, ¿aceptaría?
–Ese mismo papel, no. Pero me gustaría trabajar con Pedro para conocerlo.
(Es ácrata: cree que siempre hay que ser crítica con el poder. No le gustan los nacionalismos, ni que la obliguen a hablar catalán, «ni que me obliguen a nada». En la Transición, un actor le dijo que tendría que hacerse de UGT o de CC OO, ella dijo que ni hablar, y él sentenció: «Pues vamos a ver cuánto trabajas». No fue profeta. Ahora rueda una película de Paco Arango, «Maktub», que en árabe significa «Estaba escrito en las estrellas». La Baró está casi convencida de que nada es casual).