Su Excelencia

La RazónLa Razón

Aparte de los formidables dibujos de Borja Montoro, no me acaba de divertir la ola de caricaturas de Zapatero, Rubalcaba y Blanco vestidos con uniforme militar. Pero el humor es libre, afortunadamente. Y no me gusta porque considero un insulto a la dignidad militar su identificación con estos personajes. Miguel Ángel Rodríguez, que está sobrado de ingenio y coña marinera, se refiere al ministro Blanco como «coronel Blanco». Y acierta, pero no del todo. Blanco apunta más alto.

Recuerdo el viejo edificio de la calle de San Roque y su Servicio de Documentación, mi primera vivencia periodística. Lo dirigía Guillermo Medina. Ahí estaba el gran José Luis Martín Prieto, algo menos gordo, con un poco más de pelo y todo su talento hacia el futuro. Y Víctor de la Serna Arenillas, siempre en conversaciones con las hojas naranjas del «Financial Times». Y Joaquín –Jimmy–, Giménez-Arnau, poeta emergente, amigo de Alberti, de Ory, y de Carlos Oroza, el último bohemio de nuestra Literatura. Y María Antonia Iglesias, que por aquellos tiempos no había descubierto todavía su inagotable caudal de sectarismo y mala leche. Gente valiosa. Entró un novato, aún más inexperto que yo, y Guillermo Medina le encargó que redactara la visita de doña Carmen Polo a la Virgen de Atocha.

El chico tituló su primera crónica con lógica falta de originalidad: «Doña Carmen Polo de Franco visita a la Virgen de Atocha». Guillermo, que terminó siendo diputado por UCD, amonestó al atribulado novato por sus confianzas con doña Carmen. «Excelentísima señora. Se pone excelentísima señora». Y el chico fue obediente, quedando así su definitivo trabajo: «Doña Carmen Polo de Franco visita a la excelentísima señora Virgen de Atocha».
José Blanco no tiene ambiciones de coronel. Los coroneles mandan regimientos, y esa limitación molesta sobremanera al ministro Blanco.

Él está hecho para mandar más y a más gente, civil y militar, sin restricciones. Zapatero y Rubalcaba están de capa caída, pero Blanco manda mucho, como ha reconocido el deslenguado José Bono. Y no es alto de estatura física, es gallego y su apellido tiene rima consonante con el pasado. Oigo la voz de David Cubedo en el No-Do: «Su Excelencia el Jefe del Estado, Generalísimo Blanco»…

Una pesadilla. Pero en el mal sueño no veo a Blanco uniformado. El uniforme de los militares, admirables desde cualquier punto de vista y que conforman hoy en día unas Fuerzas Armadas plenamente leales con la libertad y la democracia –eso, la Constitución–, no se merece vestir a quien ha sido el máximo responsable del Estado de Alarma decretado por el Gobierno más alarmante de nuestra Historia reciente. A Blanco lo que le importa, salvajada a un lado de los controladores, es su sueldo. Como a Zarrías. Resentimiento de chachas antiguas, según Salvador Sostres. También fue salvaje la huelga del Metro y por aquello de que podía perjudicar a Esperanza Aguirre nadie decretó nada y el Gobierno estuvo detrás del paro que afectó a millones de personas. Blanco no se comporta como un militar aunque eche mano de ellos para cubrir sus errores. Admira a los hombres que no conocen la mentira desde su condición de gran mentiroso. Son lógicas las caricaturas, pero ásperas para quienes tenemos a los militares como un ejemplo permanente. Y en su intención, se quedan cortas. Blanco no quiere ser el coronel al que su inferior le informa de la situación del regimiento. Vuelve la pesadilla. Blanco en el balcón principal del Palacio Real. Y el grito de la multitud socialista: «¡Blanco, Blanco, Blanco, Arriba España!».