Pekín

Hasta la pasta por el escáner

Los Juegos han cambiado la esencia de Wimbledon tanto que la comida pasa controles

Hasta la pasta, por el escáner
Hasta la pasta, por el escánerlarazon

Londres- Visita guiada por Wimbledon, instalaciones modélicas, el rancio abolengo, solera, poso, leyendas, la liturgia de un deporte y su sede, el All England Club; la emblemática Centre Court: el tenis. Ejerce de anfitrión y cicerone José Luis Escañuela, presidente de la Federación Española, que avisa: «No es lo mismo esta sede durante Wimbledon que ahora, en los Juegos Olímpicos». Pese a ello, a que el ambiente y la organización se han degradado – lo justo para que el vicepresidente del prestigioso torneo afirme que «lo que era una gran instalación se ha convertido en un centro menor»–, el recorrido no pierde su encanto y todavía hay una ladera llena de gente frente a una pantalla gigante en «off». Naturalmente, está lloviendo.

Tras los controles oportunos, propios de la seguridad de los Juegos, que a veces dan ganas de quedarse en calzoncillos, como Joan Laporta, Escañuela espera en los soportales de la pista 1. Entramos a un club privado, coincidimos con Miguel Cardenal, el secretario de Estado para el Deporte, y Rosa Ortega, responsable de alta competición del CSD; ambos, pendientes en ese momento del slalom de Ander Elosegui, de nuevo cuarto, «¡qué lástima, como en Pekín!». Otro diploma y una sentencia de Rosa que es una verdad como un templo: «Se ha quedado a un paso de la medalla, no sale en la Prensa. Y se lo merece». Citado está Elosegui, y las aguas bravas, inmisericordes y turbulentas.

Fresas, copita de champán –estamos en Wimbledon–, la historia se me viene encima sin necesidad de que suban las burbujas y la realidad sale al encuentro, porque la organización es un ligero caos. Una muestra: «Nosotros, la Federación Española, tenemos alquiladas cuatro horas diarias pistas en el Club Harlington, que es como Wimbledon. Nuestros jugadores son los que tienen más disponibilidad de horas para los entrenamientos. También tenemos alquiladas dos casas, una para el equipo femenino y otra para el masculino, y un cocinero, el pinche del restaurante Cambio de Tercio, que trae la comida hasta aquí, de tal manera que la pasta pasa por el escáner». Como suena: caos a la boloñesa.

La comida para los tenistas deja bastante que desear porque no coinciden los horarios de cocina con los suyos, algo que a David Ferrer, por ejemplo, le rompe los esquemas. No hay más remedio que traerla de fuera. Es una lástima, por la cantidad de paseos que se habría ahorrado el pinche y porque la pasta se queda fría.

Albert Costa incide en que con los Juegos «esto no es lo mismo», o, como define Escañuela: «Ha perdido la autenticidad de lo que es Wimbledon, un centro de peregrinaje». Sin embargo, me siento transportado mientras recorremos el interior de la zona noble, entre fotografías de los más grandes campeones –ahí está Nadal– y la Familia Real desde 1907. Un lujo, y sin la tarjeta «number 6», que abre todas las puertas. No hay nada como tener amigos. Gracias, José Luis.

 

Feliciano y Ferrer, adelante
David Ferrer y Feliciano López firmaron su pase a octavos, después de ganar a Kavcic (6-2 y 6-2) y Mónaco (6-4 y 6-4), respectivamente. Muy cerca tuvieron el triunfo Anabel Medina y Arantxa Parra en dobles, pero cayeron ante Penetta y Schiavone (7-6 y 6-4). Disfrutaron de bolas para ganar el primer set; en el segundo fueron 3-1 por delante, pero ni los gritos de ánimo de Arantxa Sánchez-Vicario, la capitana, y de Albert Costa, el director general de la Federación, sirvieron. Miguel Cardenal, secretario de Estado para el Deporte, y Vlade Divac, del Comité Olímpico Serbio, vieron el partido.