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Esperanza Aguirre adelgazó por orden médica por Jesús MARIÑAS

  • Esperanza Aguirre y la delegada del Gobierno, Dolores Carrión, el lunes, durante la celebración del día de la Constitución
    Esperanza Aguirre y la delegada del Gobierno, Dolores Carrión, el lunes, durante la celebración del día de la Constitución

Tiempo de lectura 2 min.

03 de diciembre de 2011. 01:49h

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3/12/2011

El lunes, en la madrileña Casa Real de Correos, hubo ambiente de expectación inusitado durante el pre aniversario constitucional que Esperanza Aguirre siempre adelanta a la fecha real, la del «puentazo», casi acueducto, que supondrá una semana al pairo incluso si el buen tiempo no acompaña. Hay cierta deshinibición y pasotismo generalizado con la que está cayendo. Y sólo empieza, según comentaban en los nutridos corrillos donde lo mismo veías a Enrique Cerezo, constante en su régimen adelgazante, que a Pedro Osinaga manteniendo galantería  de pelo plateado. Muchos se sorprendieron con el discurso de despedida que pronunció la delegada del Gobierno, Dolores Carrión, a la que tildan de «política fantasmal», a saber por qué. Aunque cabe suponer de dónde le viene el mote, dada su despreocupación por la ocupación del céntrico Hotel de Madrid y el inmediato Teatro Albéniz, que se comunican por un pasillo nada secreto.  La toma de los locales fue el «leit motiv» de la jornada. ¿Qué habrá sido de las doce esculturas de Pablo Gargallo que había en el bar, el vestíbulo y las escaleras de ese teatro que durante años fue la sede de los festivales que montaba la Comunidad? Propiedad de la familia Mora, luego lo compró Fincas Monteverde obligando a su desalojo al no renovarles el alquiler. ¿Desalojaron el Albéniz en 2008 dejando confiados la colección de carteles, programas y esta obra cumbre del escultor zaragozano que tiene Museo con su nombre? Nadie sabe de tan importantes piezas del Patrimonio Nacional: el local sigue ocupado y la delegada no se quiere enterar, como en la canción de la «Chica  ye-yé».
Era runrún incesante, lo mismo que Encarnita Polo ante un Nicolás Redondo fiel a su renuncia a las corbatas. Es de los que no se rinden. Igualito que la presidenta madrileña, motivo de inagotable rumor: que si se va de embajadora, que si no acaba de recuperarse... Cuestionamientos sin fundamento que ella misma desmiente: «¿Cómo voy a marcharme si estoy recién reelegida presidenta? ¡Sería una disparatada ingratitud!», con kilos de menos y zapatos de un gris plata avejentado, en seguida correspondió al entusiasta saludo de Gallardón y Joaquín Almunia. No se despegaron y mantienen buena sintonía. «¿Y cómo va su salud, presidenta?», pregunté intrigado. «He tenido que adelgazar porque el médico dice que la grasa es muy mala para el cáncer», comentó risueña. También había expectación en torno a Ruiz-Gallardón, al que le solté: «¿Le llamo alcalde, embajador, presidente o señor ministro?». «Llámame Alberto, como siempre», dijo el alcalde de Madrid, echando balones fuera como si estuviera desinflado y harto de tantas expectativas.

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