Literatura

Millares premio tras la muerte

«Escribo para una generación que aún no ha nacido, y para otros, contemporáneos, que todavían tendrán que aprender a leer», declaraba con entrañable sorna ,ya cercano a su lecho de muerte, José Millares Sall (Vegueta, Las Palmas de Gran Canaria, 1921-2009), autor que ayer obtuvo el Premio Nacional de Poesía a título póstumo por «Cuaderno 2000-2009» dotado con 20.000 euros.

Anárquico e insobornable, dotado de una proverbial bonhomía insolente, representa una de las voces más singulares en el panorama de posguerra. Alejado tanto de la poesía social (como sí hiciera su hermano Agustín, junto a otros relevantes poetas canarios, caso de Pedro Lezcano) como de la vanguardista, pero con cierta denuncia cívica y un surrealismo onírico, sus versos se sitúan en una órbita desarraigada y existencial.

Animal sin ojos

El premio a esta obra póstuma debería servir para abrirle paso a sus grandes poemarios anteriores, como «Esa luz que nos quema» y, sobre todo, «Liverpool», uno de sus grandes referentes, como lo demuestran estos versos: «Esa sombra/que huye y el silencio/y más allá de su luz/ese animal sin ojos/que aún nos llama». Se trata de un desgarrador alegato urbano proyectado en el interior del autor aun con ciertas resonancias de «Poeta en Nueva York», de Lorca, y de «Hijos de la ira», de Dámaso Alonso, Millares se sirve con voz muy singular de elementos metafóricos del espacio exterior para enfrentarse al propio laberinto de la intimidad.

Hizo alarde de libertad hasta el último momento: «He escrito como quería y como me daba la gana». En palabras de su familia, la concesión de este galardón no es sino un «acto de justicia poética muy grande». Millares se encargó de seleccionar los poemas que conformarían «Cuaderno...» y llegó a ver antes de morir las pruebas del libro por el que ayer obtuvo el Nacional de Poesía.


Una familia de creadores
La llegada de José María Millares al mundo de la lírica no es casual. La creación corre por las venas de una familia que escribe, pinta y piensa: Agustín será uno de los nombres de la poesía canaria de denuncia más notables, mientras que el arte de Manuel traspasará las fronteras de la isla para instalarse como referente de la vanguardia española de los cincuenta.