Sevilla

Carros y carretas por Lucas Haurie

La Razón
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Los ciudadanos aguantan carros y carretas de forma figurada, en forma de esa subida de tasas e impuestos municipales con los que los ayuntamientos ajustan sus cuentas para no tener que mandar a ningún enchufado a casa, verbigracia, y ahora también las soportan literalmente. El Rocío. Para un sevillano urbanita, la toma de la ciudad por la caballería de las hermandades con bueyes en tanto que sucedáneo de los elefantes de Aníbal, la primera división acorazada de la Historia. Al maestro Pepe Guzmán conviene citarlo, al menos, una vez al año y qué mejor ocasión para rescatar un titular memorable aparecido en una crónica de Lunes de Pentecostés: «No vuelvo al Rocío hasta que lo que alicaten». Un infierno para amantes del confort en general y alérgicos en particular. O Lopera, a quien pese a su proclamada fe no le pillaba a mano la referencia bíblica de Sodoma y Gomorra para definir el ambiente libertino de la aldea durante la romería. «Aquello parecía Falcon Crest», dijo tirando de culturilla televisiva. Por no hablar de las detonaciones que perturban el sueño de los noctámbulos, sin un mal inspector de medio ambiente que empure al cohetero por la contaminación acústica. Pues hay gente a la que le gusta. Manda carallo.