La luna «crece»

Anoche se produjo el máximo acercamiento de la luna a la Tierra, algo que ocurre cada 20 años. Un fenómeno, el de la «súperluna», al que se acusa de ser el responsable del desastre en Japón. La comunidad científica lo ve claro: tal afirmación tiene la misma lógica que el mito del hombre lobo

La luna «crece»
La luna «crece»

La luna más grande en 18 años. Es lo que pudieron observar anoche los aficionados a la Astronomía, los románticos paseantes de las ciudades donde el cielo estuviera despejado y probablemente más de la mitad de la población de Shanghai. Las autoridades de la ciudad china esta semana han estado ocupadas tranquilizando a una población obsesionada con lo que está ocurriendo en Japón. Las farmacias están acabando las tabletas de ciodina que, según los rumores, reduce los efectos de la radiación. Pero es que además, hay quien ha querido ver en el perigeo lunar (se encuentra a la menor distancia posible de la tierra) de ayer una relación con el triple desastre nipón. En internet y en televisión se ha dado espacio a oportunistas que relacionan con datos y fechas a la luna con los desastres naturales como el tsunami del Índico de 2004, etc. Y vale que en el Universo no existe el aislamiento, pero a nuestro satélite se la acumulan las listas de acusaciones como la menstruación de las mujeres o el número de asesinatos, que a día de hoy tienen la misma validez científica que la aparición del hombre lobo.


La última luna llena que estuvo a «tan corta distancia» (es un decir, ya que se sitúa a unos 363.000 kilómetros, frente a los 405.000 de su apogeo) fue en marzo de 1993. «La luna llena del 19 de marzo 2011 ocurre sólo una hora más tarde del perigeo, un acontecimiento que sólo sucede cada 18 años más o menos», dice Geoff Chester del Observatorio Naval de EE UU. Nuestro satélite orbita alrededor de la Tierra describiendo una elipse con un periodo de 27,3 días y en cada una de sus órbitas «hay un punto más cercano, perigeo, y otro más alejado, apogeo», explica Manuel Vázquez, investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias. Además, la luna no se mueve en el plano de la eclíptica como la Tierra, sino con un grado de inclinación de unos cinco grados respecto a ésta, por lo que en cada rotación, perigeo y apogeo varían ligeramente. Su compleja órbita ha sido uno de los quebraderos de cabeza de los científicos desde los tiempos de Newton. Para medirlo al detalle hay que tener en cuenta infinidad de variables, también la rotación de la Tierra.


Calvino Gasparini , dirigente de Investigación del Instituto Italiano Nacional de Geofísica y Vulcanología cierra toda discusión sobre una influencia catastrófica de tal acercamiento lunar con estas breves palabras: «Tiene la misma lógica científica que el horóscopo». Es inevitable que si el perigeo sucede una vez al mes, en algún momento de los 4.400 años aproximadamente de vida en común, haya coincido con desastres naturales «Alguno tiene que ocurrir en el punto de mínima distancia de la luna», remata Gasparini. Aparte, sólo hay que mirar el calendario para darse cuenta de que la fase lunar era bien distinta.
Para quien esté pensando en las mareas terrestres, hay que decir que separan la influencia tanto por la luna como por el sol, que aunque esté más lejos tiene mucho que ver debido a su gran masa. Para que hay una marea viva, ambas atracciones, solar y lunar, tienen que estar en concomitancia. Sobre la llamada marea sólida, es cierto que existe un efecto hidrológico que aumenta el volumen de agua y la presión en ciertas zonas pero se ha verificado en lugares en los que se estaban produciendo desequilibrios sísmicos. «En estas áreas pueden existir microtemblores en capas superficiales, a menos de cinco kilómetros de profundidad (el epicentro del terremoto de Japón estuvo a 10 kilómetro bajo el suelo), inducidos por la fase lunar alta», explica Gasparini, quien deja claro que se trata de microtemblores que podrían alcanzar como máximo dos grados en la escala Ritcher. «Las mareas sólidas no son suficientes para generar terremotos», determina.


Los científicos, siempre alejados de los rumores sensacionalistas y los cataclismos a la carta, han estado esta semana hablando de la «súperluna» (un término más de la prensa) pero para animar a la gente, aficionada o no, a no perderse detalle del perigeo de esta luna llena. Una ocasión en que nuestro satélite se vio hasta un 14 por ciento más grande y un 30 por ciento más brillante; muy buen momento para contemplar con detalle la cara visible de la luna, apreciar los impactos en su oscura superficie y, si se quiere ser pesimista, pensar que el Universo de ahí fuera es violento.


El Universo está lleno de procesos violentos, incluido su propio origen. Nuestro satélite se formó como consecuencia de uno de ellos. Un cuerpo de un tamaño similar a Marte colisionó con la Tierra liberando materia de ambos que quedaron gravitando a su alrededor hasta el día de hoy. La atracción lunar es uno de los procesos que contribuyen a frenar la rotación terrestre y como consecuencia la luna se está alejando de nosotros a un ritmo de 3,8 cm por año. La Tierra era más rápida en la antigüedad, terminaba un ciclo de giro cada 16 horas, ahora lo hace cada 24 y poco a poco este lapso aumentará por la fricción de la atmósfera y por la acción de las mareas. Dentro de millones de años estará más lejos, su influencia será menor y el ser humano perderá la oportunidad de contemplar un eclipse de sol. «Se perderá el encanto», dice Vázquez. Ahora el tamaño del sol y la luna son iguales para el ojo humano y si hay afirmaciones que no faltan a la Ciencia una de ellas es que somos afortunados en tener un satélite tan fascinante. En nuestro entorno, Mercurio no tiene, Venus tampoco y Marte «tiene dos piedras que acabarán cayendo sobre su superficie», en palabras de Vázquez.
Para quien se perdió el espectáculo y hoy se ha relajado al despertar viendo que una vez más hemos sobrevivido como especie al fin del mundo, tendrá que esperar unos 28 días para asistir a otro perigeo, no tan espectacular pero igual de fascinante. Un consejo para éstos: coger sitio y esperar a que la luna se encuentre cerca del horizonte para disfrutar de toda su grandiosidad. Es sólo un engaño óptico por la comparativa con la superficie de la Tierra, pero quien no se consuela es porque no quiere.