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La Razón FOTO: La Razón

Acabáramos. Dos conocidos míos se han declarado su amor en un programa de televisión. La relación estaba rota y él ha ido al plató a pedirle a ella que reconsidere su decisión y no dé crédito a quienes hablan de infidelidades. Jamás pensé que esto llegaría a mi círculo. No se piensen, no descienden de la pata del Cid, pero él tiene un título universitario y habla dos idiomas. Al principio he puesto el grito en el cielo, me ha dado un soponcio y me he sonrojado. Después, reconsiderándolo, he pensado que la gente ya no tiene adónde ir. Antes, se entraba en una Iglesia y se declaraba públicamente el compromiso amoroso (eso se llamaba boda). O se confesaban los pecados y se hacía propósito de enmienda. O se peregrinaba para pedir perdón. O se hablaba con la familia de la novia. Es imposible permanecer de brazos cruzados cuando tu amor te abandona. Así que te vas a la tele y le gritas en público lo que sientes. La persona necesita pedir y, cuando no tiene dios, pide a los presentadores. El ser humano necesita un pueblo, un contexto social de referencia. Para la señora o el señor que llora con las series, sigue «Sálvame» e idolatra a los conductores, la tele es la esperanza. Ana Rosa Quintana me contó en una ocasión que hay personas que le acercan a su bebé por la calle y le piden que lo bendiga. De repente me acordé de haber visto a mi universitario amigo llorando con su novia mientras seguían una serie de televisión. De aquellos fangos estos lodos.