Jardiel el novelista desconocido

La Biblioteca Castro rescata las novelas de Jardiel Poncela, uno de los grandes del teatro español, un hombre culto, innovador y apasionado de la lectura. En resumen, un clásico

«Angelina o el honor de un brigadier», montaje estrenado por Juan Carlos Pérez de la Fuente en diciembre de 2009
«Angelina o el honor de un brigadier», montaje estrenado por Juan Carlos Pérez de la Fuente en diciembre de 2009

Enrique Jardiel Poncela vuelve a la primera plana con la edición de sus novelas en la Biblioteca Castro, una colección de clásicos españoles que tiene vocación de convertirse en el resumen del canon literario en nuestra lengua (y lo conseguiría si mejorara los prólogos, en particular en este caso). Como Jardiel fue un hombre de teatro, le gustaba escribir en los cafés, fue extremadamente popular, tuvo una vida amorosa intensa y dramática, falleció en la ruina, bastante pronto, y además no se alineó con la República, a veces nos hacemos una idea de él un poco desorbitada.
Vanguardismo ecléctico
 
En realidad Jardiel Poncela (1901-1952), madrileño de los de verdad, sin faramallas casticistas, es la viva demostración de que la España del siglo XX no estaba condenada a los desastres a los que la condujeron varias generaciones de ideólogos y políticos irresponsables. En cuanto a la política, Jardiel, como muchos otros escritores más o menos adscritos a la «generación del 27», no sintió preferencias particulares por ningún régimen. Lo suyo era lo que llamaba la «ideología ecléctica». Le gustaba el respeto a la tradición y el amor a la libertad que por entonces –aquellos tiempos eran más sencillos- se identificaban respectivamente con la derecha y con la izquierda. Como es natural, cuando se desató la Guerra Civil unos milicianos republicanos lo metieron en una checa para interrogarle. Sin especial vocación de mártir, se fue de España y volvió un poco más tarde, antes de terminado el conflicto. Como a muchos otros –Edgar Neville, al que quería mucho, y Marañón, al que no aguantaba–, no se lo perdonaron. El rencor guerracivilista le amargó algunos momentos, como una gira posterior por América, y, por desgracia, le sobrevivió.
 
Jardiel Poncela fue, por otro lado, un trabajador infatigable. Le gustaba escribir en los cafés, es verdad, pero era metódico, regular y exigente. Cuando decidió dedicarse de verdad a la literatura descartó, en un gesto un poco teatral, como corresponde, todo lo que había hecho hasta entonces. Se sabía continuador de una tradición española, en la línea de Lope, Vital Aza, Gómez de la Serna y, en un sentido más amplio, de una tradición propiamente cultural. El humor, que cultivó con tanta fantasía, era para él uno de los frutos más acabados de la civilización. No hay en su obra ni rastro de facilidad, de grosería o de zafiedad. Sí, en cambio, exigencia y trabajo para encauzar una facilidad asombrosa, que combinaba imaginación, inventiva verbal y una sensibilidad particular.

Hombre muy culto, fue un lector asiduo de Ortega, que le transmitió la necesidad de estar a la altura de su país y de su tiempo. De aquella enseñanza se deduce, en parte, su conexión con las actitudes propias de las corrientes más modernas de su tiempo. Fue un artista cosmopolita, pendiente de las nuevas formas expresivas, en particular del cine, y capaz de integrar en la escena o en las novelas, como si hubieran estado ahí toda la vida, recursos nuevos. En esta edición de sus novelas se aprecian bien los dibujos y las ilustraciones que tanto le gustaban, los juegos caligráficos, los guiños de tipografía y las demoledoras notas a pie de página.


Belleza y lirismo
Todo ello sin más fin que divertir y entretener al lector, y además conducirle por un rato a un mundo más fino, más delicado, más hermoso. Por su irreverencia y gusto por explorar la libertad fue, sin duda, un vanguardista. Lo fue antes que muchos otros, en particular que el teatro del absurdo o las novelas de Boris Vian, al que a veces recuerda, aunque sin su carga de sentimentalismo. También carece de la seriedad dogmática de parte de la vanguardia, de su conciencia de estar cumpliendo una misión política, de su revanchismo y su afán de destrucción. Jardiel Poncela no quería librarse de la belleza ni de la emoción. (Y menos de las mujeres, por mucho que cultivara una leyenda de misógino que algunos críticos se han tomado en serio.) Su obra, tan innovadora, resulta inteligible, atractiva, de un lirismo inequívoco. Apunta a aquello que el arte no debería haber dejado nunca de lado, como es el esfuerzo por plasmar la belleza e iluminar el sentido profundo de la vida. Eso explica la popularidad que logró en su tiempo y la que le acompaña desde entonces. Como los grandes autores de teatro, escribía para todo el mundo. Por eso es un clásico y por eso su posteridad en el teatro y en el humor español ha sido tan fecunda.

Ahora se reeditará toda su producción novelesca, empezando por sus dos primeras novelas. «Amor se escribe sin hache» es la primera, publicada en 1929, cuando Jardiel tenía sólo 29 años. Cuenta el intenso romance entre Lady Brums, que ha heredado una inmensa fortuna tras un matrimonio que duró dos horas y media, y Elías Pérez Seltz, alias «Zambombo», madrileño arquetípico: Madrid, como bien sabía Jardiel Poncela, es una ciudad civilizada. «¡Espérame en Siberia, vida mía!», su segunda novela, cuenta las aventuras de Palmera Suaretti, una cupletista de cuerpo divino que «en su primera juventud bordaba escapularios en un convento de monjas pesimistas», y el joven Mario Esfarcies, perseguido a lo largo y ancho de todo el mundo por los asesinos que él mismo ha contratado para que lo maten… a él. La primera es una sátira de las novelas de amor, que se escribe, efectivamente, sin hache, porque sólo las cosas importantes –como el honor, el hogar y las hecatombes– empiezan con una letra tan seria. La segunda se divierte con los relatos de aventuras, que nunca han dejado de ser populares. Desde su publicación en la histórica editorial Biblioteca Nueva, han sido reeditadas muchas veces. Habrá quien las lea de un tirón y habrá quien prefiera frecuentarlas en dosis más pequeñas. En cualquier caso, siguen siendo un maravilloso regalo.



El éxito de un dramaturgo innovador
Resulta curioso que se recuerde más a Jardiel Poncela por su faceta de comediógrafo que de novelista, terreno que pisó antes. En 1927 comenzaba a escribir novela y estrenaba su primera comedia, «Una noche de primavera sin sueño», pero el grueso de su obra dramática llegó a partir de 1931. Es decir, cuando Jardiel comenzó a ser un dramaturgo de éxito, ya era un novelista interesante. Y este detalle, el del éxito, es importante, pues fue en parte lo que le empujó al teatro: en la España de entonces, y durante varias décadas aún, un autor de teatro podía llegar a ser mucho más relevante socialmente que un novelista. Jardiel, tótem de lo que se ha venido a llamar «la otra generación del 27», rompió con el costumbrismo imperante en la comedia española, en el que los golpes de humor se construían sobre un lenguaje llano y a veces simplón, y se inventó un nuevo género que bebía del absurdo sin caer en él. En 2001, en un ciclo de conferencias organizado con motivo del centenario del nacimiento de Jardiel por Gustavo Pérez Puig en el Teatro Español, uno de los escenarios donde más se ha representado al autor madrileño, el filósofo Julián Marías decía: «El acierto enorme de Jardiel Poncela es que, cuando introduce un elemento absurdo, no pierde el sentido, lo conserva». De este peculiar caminar por el borde de la realidad dan cuenta sus maridos fantasmales y sus velatorios negrísimos, sus mujeres fatales que incitan a asesinatos sin sentido y sus niñas burguesas enamoradas de donjuanes hiperbólicos con los que derruía el drama de honor tan en boga durante el siglo anterior. Y poco a poco le fueron situando como el gran renovador, junto a Miguel Mihura, de la comedia española: «El cadáver del señor García» (1930), «Margarita, Armando y su padre» (1931) y, sobre todo, «Usted tiene ojos de mujer fatal» (1932), que Jardiel cree que será un fracaso antes de marcharse a Hollywood y que, a su regreso, se representa en cuatro teatros y es la comedia del momento. «Angelina o el honor de un brigadier» (1934) fue otro de sus grandes textos antes del paréntesis de la guerra. Pero Jardiel siguió escribiendo después obras que aún hoy se representan para regocijo del público: «Eloísa está debajo de un almendro» (1939) y «Un marido de ida y vuelta» (1940), entre otras. No siempre saboreó el aplauso: sonados eran sus batacazos, que encaró con chulería –famosos también eran sus plantes en el escenario frente a los abucheos– y mantuvo una relación agridulce con la crítica, que a veces lo encumbró y otras lo ninguneó. Sus últimos fracasos lo sumieron en el desencanto. Murió de foma temprana en 1952 y es famoso el epitafio de su lápida: «Si queréis los mayores elogios, moríos».


«Novelas, 1. Amor se escribe sin hache...»
Enrique Jardiel Poncela
Biblioteca Castro
710 páginas
50 euros