Orgullo minero

En la cuenca leonesa sufren y se ensucian, pero no harían otra cosa. Saben que se acerca su ocaso

Adelino,  con un compañero
Adelino, con un compañero

VILLABLINO- La lavadora se rompe continuamente de tanto usarla. De limpiar el traje de faena, las toallas y también las sábanas, negras de polvo de carbón, que se cuela debajo de las uñas, entre las pestañas y hay que forzar y frotar para quitarlo, hasta que, por fin, debajo de la negrura aparece un trozo de piel. «Luego hay que arreglar o cambiar la lavadora», cuenta Luisa y sonríe mientras mira a Adelino, su marido, minero en Villablino: «¿Es que te crees que trabajo en una oficina?».

Adelino ha llegado pasadas las tres de la madrugada, después de raspar para quitar el hielo del coche, ha cenado con el hambre ansiosa tras siete horas de trabajo y se ha acostado en silencio y sin encender la luz, que para algo ha aprendido a moverse en la oscuridad: ya salió una vez de la mina tanteando, con la memoria como mapa, cuando se le apagó la luz del casco. Lo hizo con la calma de quien ya no tiene miedo a casi nada. «Peor es el trabajo de un pescador en alta mar, con la tormenta y sin poder pescar», dice con un acento que delata su pasado portugués y su vida entera en la comarca minera de León. «Mi padre vino aquí desde Portugal a buscar trabajo. Yo, con 16 o 17, años no quise estudiar porque sabía que con la mina se ganaba un buen dinero. Así que me metí en la mina».

«¿Si volviera al pasado, si pudiese volver a elegir los estudios o la minas, que escogería?»
«La mina».

Y todo pese a que son tiempos difíciles, en los que se puede adivinar el ocaso de una profesión orgullosa de serlo. Adelino y Luisa, como otros compañeros, han visto las imágenes de lo sucedido en Chile, el país volcado, el mundo pendiente de 33 tipos bajo la tierra, mineros como ellos. Aquí no sucedería. Las minas tienen más de una salida para escapar, las medidas de seguridad son mejores. Y aquí sobre todo, piensan, no se les haría tanto caso. En las comarcas mineras de pueblos en la montaña pelada, tras carreteras de curvas, donde oscurece de pronto y sin avisar, los mineros se sienten en su patria. «Siempre están con la mina», cuenta Luisa. «Bueno, no, en la mina hablamos de mujeres. En los bares, hablamos de la mina», dice Adelino. Villablino es un pueblo pequeño, al lado de la carretera regional, te lo pasas como no estés atento. Allí, los mineros, que se jubilan muy pronto y que hasta hace no mucho vivían bastante bien, se comprenden entre ellos y se protegen. Pero si cruzan las montañas, «nos ven como bestias», dice Paco. «Somos los tipos duros que cortamos las carreteras y nos enfrentamos a los antidisturbios». «Recuerdo que un amigo–añade Luisa–, llevo a su hija a un colegio de monjas. Cuando él les dijo que su profesión era ser minero, se pusieron muy nerviosas».

Después de dormir apenas seis horas, Adelino se levanta de la cama antes de que la espalda le duela más. Picar mal sentado, encorvado o pasarse horas en posiciones extrañas se lo cobra la vida después. Con 40 años, los achaques empiezan a avisar en pequeños dolores, aún inofensivos, y teme cómo serán dentro de diez años: si la espalda no le permitirá estar erguido, si el dolor de las rodillas aumentará hasta hacerse insoportable. Sospecha que los pulmones acusarán también el polvo del carbón y de los cigarrillos que fuma. «Si muero, ahorro una pensión», dice jocoso, ante la mirada de susto y advertencia de Luisa. El cuerpo también se oxida, pero el de los mineros lo hace más rápido. «Peor es el trabajo de un agricultor en el campo», insiste Adelino, «que tiene que pasarse el día recogiendo con el sol dándole en la espalda. A mí eso no me pasa».


La humedad y las ratas
No habla de la humedad que traspasa la piel, el agua que fluye por la mina en verano y que parece un río en invierno, las ratas que brillan si a alguien se le ocurre llevarse un bocadillo de tortilla con sabor a carbón. «No habla–dice su mujer–, del goteo que suena y suena y suena. Del olor a humedad, de la oscuridad».

O que no les pagan. Y ya no son los tiempos de antes, cuando los mineros se unían en la boca de la mina si alguien tenían un problema y como no se solucionase, allí no trabajaba nadie. Marchaban hacia Madrid y la gente les acogía en las casas y les apoyaba. Se pegaban con los antidisturbios, porque eran fuertes, porque eran mineros. Ahora son mineros, pero ya no son fuertes. «Unos ven de cerca la prejubilación y el descanso, otros son contratados por la empresa, otros por contratas. Cada uno tiene su historia que defender, cada uno piensa en lo suyo», describen. Estuvieron dos meses sin cobrar, de septiembre sólo han recibido cinco días, que los demás estuvieron en huelga y sin bajar. Ahora les han avisado que quizá este mes tampoco puedan darles la nómina.

Adelino da una vuelta por la mañana, se toma algo y come tarde, cuando llega su hijo del colegio y antes de que se pegue a internet y se meta en el Tuenti, ese no lugar tan extraño, tan lejos de la calle y de las canicas. Después de comer, se tumba, ve la tele: «y miro para mis adentros»: si llegará a prejubilarse, por qué el carbón extranjero es más barato, dónde va el dinero de las subvenciones. Y también: quién será el policía que iba tapado, pero que seguro que es un vecino del pueblo y, que un día, tras una manifestación, se acercó a el, que estaba con otros en un bar y le pisó la cabeza antes de detenerle.


Las marcas de la mina
A las 19:00 Adelino se marcha. En invierno, si el coche está cubierto de nieve, tiene más problemas; en verano es sencillo recorrer los 15 kilómetros hasta el desvío a la mina La Escondida. En el vestuario se cruza con los que salen del turno y con los que van a entrar con él. Hace tiempo que alguien pensó que ya no merecía la pena darle una mano de pintura, arreglar los bancos rotos o las taquillas. Que era mejor dejarlo morir. Los mineros, acostumbrados a que el gris vestuario envejezca y se agriete sin remedio, se cambian y enseñan sus cicatrices y las rodillas maltrechas. Afilan con ahínco el pico, las manos se vuelven oscuras. Uno canta una canción de Sabina, otro abre la taquilla: que se vea el póster pegado de una rubia con unos tacones... y nada más.

Se saludan con un acento cada vez más marcado, a veces indescifrable para quien no es de allí, se insultan con cariño. Hablan. Los jóvenes enseñan sus nóminas mileuristas. Son mineros y lo serían para siempre si el negocio tuviese futuro. Se ponen el casco y ya no pueden mirar a los ojos porque deslumbran. Fuman el último cigarrillo y se suben al autobús blanco, que parece que se va a abrir por la mitad, con una matrícula antigua que delata sus años de servicio. Cada uno se baja en una bocamina: en la cuarta, en la Berta o en la Sucia. Hoy es un buen día, empieza a refrescar, pero aún hace buen tiempo. En enero será peor, cuando suban con frío y salgan a las tres de la mañana, helados, chorreando y deseando que en la ducha del vestuario funcione el agua caliente, no como aquella vez.

El autobús sube una rampa que puede que no tenga fin, levanta el polvo y se confunde con una pequeña niebla. Va descargando mineros en las diferentes plantas. Hay quien ha hecho doble turno. Empezó por la mañana y vuelve a trabajar ahora de 20:00 a 03:00. Hay que ganar dinero, son tiempos más que inciertos. «Pero la mina engancha», dice un veterano antes de entrar, ya con la cara negra, escondiendo la piel.


Prejubilaciones jóvenes
La única ventaja de trabajar en la mina es que la prejubilación puede llegar con 40 años. Para alcanzarla es necesario haber trabajado al menos 20 bajo la mina. Los mineros cuentan los días que les quedan para llegar a esa cifra. Los que están cerca esperan que la mina no cierre antes de tiempos. Los jóvenes ya saben que su futuro no está asegurado y que el negocio del carbón en España está cerca de extinguirse.
Hasta hace poco, los mineros han sido envidiados por sus sueldos y por sus jubilaciones tempranas, que les dejaban casi una vida por delante para disfrutar. También es cierto que muchos de ellos sufren problemas de salud: el pulmón les castiga haber pasado su juventud bajo tierra. Y en vez de disfrutar de una jubilación y vivir de las rentas, tienen que pasarse el tiempo en el hospital, curándose las heridas.


Cultura de mina
- Libros: El francés Zola escribió el gran libro de la minería, el retrato perfecto, que luego se hizo película
- Películas: «Ace in the Hole» («El gran carnaval» de Wilder o «Pídele cuentas al Rey» filmaron este mundo
- Música: «Soy minero», de Antonio Molina es un clasico. También el «Canary in a Coalmine», de The Police
- Fútbol: Raúl juega esta temporada en el Schalke 04, el gran club minero