Isabel Pantoja no quiere que retrasen su juicio por Jesús Mariñas

Estaba fijado para el 28 de junio, pero aseguran que habrá aplazamiento tras solicitar parte de los implicados que lo retrasen a septiembre. Igual argumentan que el verano es tórrido y cansino en Marbella, capital de «la Malaya», y necesitan sentirse más frescos, que después de expoliar, presuntamente, se lo llevan calentito. Deshojan la margarita del qué será será, pendientes de comparecer. Los letrados argumentan que como en verano sólo tocarían cuatro jornadas, nada perderían posponiéndolas hasta septiembre. Lo importante es marear la perdiz y al personal, algo ya pretendido por el abogado de Julián Muñoz, el primero en solicitar una demora que inquieta a la tonadillera, que pronto, salvo imprevistos, será abuela.

Todos unidos en esta solicitud no avalada por Pantoja, «que ansía quitarse esto cuanto antes de encima. Está dispuesta a pagar la multa correspondiente, pero desea, anhela y necesita eliminar esto de su vida», como si fuese una extracción de muelas, vamos. A ella le piden, recordémoslo, tres años de prisión por un delito de blanqueo además de casi cuatro millones de multa por el supuesto «lavado» de un millón ochocientos mil, mientras que el ex alcalde está en siete años y medio de cárcel y 7,5 millones de sanción. Maite Zaldívar también sería penada con tres años de cárcel, aunque su multa es de dos millones seiscientos mil.

«Isabel no quiere más retrasos. Desde que la inculparon vive sin vivir en sí», me asegura gente de su entorno y hasta miembros del club de «fans» que ya habían alquilado cinco autocares desde Sevilla y Madrid para acompañarla en el trance. Si se confirma el aplazamiento, darán marcha atrás en su planificación. La tonadillera está dispuesta a pagar ante el posible delito fiscal. Me cuentan que anda segura de su triunfo judicial porque los informes policiales –vitales para meterla en la trena– parecen no tener la legitimidad necesaria, algo frecuente en tan gigantesco proceso que podría llevarse a muchos por delante. Aunque me pongo en lo peor conociendo el percal y a sus implicados. Los letrados de Isabel ya alegaron al defenderla que tenía enorme capacidad económica entre 1999 y 2009, años en los que trabajó tanto como lo está haciendo últimamente, con una agenda plagada de compromisos, tanto televisivos como actuaciones en directo, no siempre exitosas como la tenida recientemente en Barcelona donde daban entradas a cambio de comprar jamones, y ni así llenó. Lo mismo sucedió hace un par de semanas en el Palacio de Deportes madrileño y hasta a mí me ofrecieron obsequio de entradas en la misma puerta del coliseo deportivo donde encandilaron sus dúos con Miguel Poveda. Me cuentan también que su sobrina Anabel, aupada a una fama parece que fugaz, no le presta grandes servicios como portavoz ocasional y, si parecía haber caído en gracia, ahora exhibe una prepotencia y soberbia no aconsejables ante la que se viene encima.