Madre asfixiadora por Francisco Pérez Abellán

Paquita Ballesteros, envenenadora de Mellila
Paquita Ballesteros, envenenadora de Mellila

Coinciden estos días tres hechos similares aunque con sus detalles particulares: dos madres que permitieron presuntamente que sus parejas maltrataran a sus hijos hasta la muerte y otra que está imputada por haberle quitado la vida en Torrejón de Ardoz a su pequeño de cuatro años con una almohada mientras dormía. En dos de los casos, los niños eran de corta edad, pero en todos nos encontramos con madres de una u otra forma trastornadas. Las mujeres que encuentran nuevo hombre cuando aportan un hijo de otra unión se enfrentan siempre a la posibilidad de que el padrastro rechace el descendiente, que no es suyo, y lo someta a severa reconvención. A veces este panorama sufre un agravamiento y se convierte en tragedia. En casos concretos, en los que los dos son consumidores de sustancias alucinógenas o alteradoras del carácter o personalidad, es más fácil entender, que no perdonar, el maltrato que sufren los hijos.

Vaya por delante que soy partidario de una legislación muy severa para corregir cualquier abuso cometido con niños. Al mismo tiempo que rechazo diferencias como las provocadas por el desaparecido Ministerio de la Igualdad entre hombres y mujeres, los delitos contra niños me parece que debieran ser especialmente protegidos. Cualquier adulto en edad de delinquir debiera sufrir un escalofrío ante el tipo de castigo al que debiera enfrentarse si se atreviera a proceder contra niños indefensos.

En muchas de estas ocasiones nos encontramos con mujeres deprimidas, faltas de autoestima, hundidas y entregadas a un falso amor romántico en el que proyectan una nueva oportunidad cuando en realidad se trata de la tiranía barata de un maltratador que aprovecha las circunstancias para salirse con la suya. Creo en la locura cuando una madre procede de forma brutal contra el fruto de sus entrañas. Creo en la madre deprimida, hundida, abandonada, desquiciada, drogadicta, histérica, ansiosa, neurótica y enferma de paranoia, que puede mitigar su conducta penal e incluso ser absuelta por irresponsabilidad de sus actos.

Pero también creo en la madre estranguladora, dictadora, vaga, ahogadora, capaz de actuar con egoísmo y frialdad y procurar daño e incluso la muerte a sus hijos. Por eso descubrimos a Paquita La Muerte, la murciana que estranguló a sus dos retoños con el cable del teléfono mientras su marido, camionero, hacía un viaje internacional y se cruzaban SMS disparatados. Y tenemos a Paquita La Fogosa, envenenadora de Melilla, que dio polvos del mal a sus niños hasta matarlos, porque quería aliviar su pasado de cargas para empezar una vida nueva, con un novio de Internet.

Tenemos a todas esas madres que para castigar a los varones que las han despechado han llevado a sus hijos a la anónima habitación de un hotel y les han suministrado un fármaco para dormirlos y luego ahogarlos en la bañera. El colofón macabro es que como Licia Guarnieri, en Barcelona, después les han vestido con sus mejores galas y les han dejado sobre las camas, preparados para su funeral.

La madre asfixiadora en muchas ocasiones se encuentra en trance de abandono o desdeñada por otra o repudiada. No sabemos si la supuesta autora de la muerte de su hijo en Torrejón entra en esta categoría, dado que no ha querido declarar por los hechos. Podría estar entre las que se les ha ido la cabeza y quedaría entonces entre las inimputables. De momento la mujer supuesta parricida intentó quitarse la vida cortándose las venas. Las madres son vulnerables, delicadas, pero también fuertes y duras. En su interior bullen los sentimientos hasta anular a veces la capacidad de pensar. Alguien puede concluir que no deben dejar a su hijo en un mundo como el nuestro si en un momento de debilidad pretenden quitarse la vida.

Es un error: el dolor criminal no soluciona nada. No alcanza a corregir la conducta del que falta a sus deberes, engaña o traiciona. De modo que proceder contra el hijo es una injusticia; y además es inútil.