Los detectives del fuego

Sólo tres de cada cien incendios forestales llegan a esclarecerse

Madrid- Llamada al 061. «Vemos humo, podría ser un incendio», alerta un vecino de la zona. Estos avisos alarman a las unidades de extinción de incedios y al equipo de investigación del Seprona (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil) que, en cuanto les permitan entrar en la zona donde se cree que se inició el incendio, comenzarán su trabajo.
Ellos son los detectives del fuego, los que buscan cualquier pista para saber qué inició el incendio y cómo se desarrolló. Esta labor es la que están realizando Los Mossos d'Esquadra en el Alto Ampurdán (Gerona) a raíz de los incedios que se declararon el pasado domingo en Portbou y Figueras, ya que en esta comunidad el Seprona no investiga las causas de los incendios.
Una tarea «incómoda»

Tras valorar la magnitud, el equipo de investigación se desplaza a la zona con toda su equipación: brújula, GPS, anemómetro, imanes, mono ignífugo y banderillas de colores para señalizar la zona hasta dar con el foco del incendio. «Es una tarea incómoda, de muchas horas. Lo peor es llegar arriba y darte cuenta de que te has dejado algún instrumento imprescindible abajo», bromea el capitán Salvador Ortega, recién ascendido. Este ingeniero de Montes lleva seis años trabajando en la unidad que preserva el medio ambiente y se alarma ante las cifras de incendios recogidas hasta la fecha. Se han quemado casi 90.000 hectáreas, 50.000 más que en todo 2011. «Lo que más preocupa es la superficie arbolada. Se ha quemado el tripe de la media y es lo más difícil de recuperar. También se debe valorar el número de incendios grandes (de más de 500 hectáreas) que se han producido en estos primeros meses. La media son 7 y ya van19», explica Ortega. Lo peor: «Aún nos queda todo agosto».

Los indicios son el principal material de trabajo de los investigadores que en los primeros pasos colaboran codo con codo con los agentes forestales, «ellos tienen mucha experiencia y se conocen muy bien la zona». Tirando de manual, el capitán explica cómo la propia naturaleza les guía hacia la zona de inicio. Las gramíneas, por ejemplo, tienden a arquearse allí. «Cuando empieza a prender, en los primeros minutos, la llama es arrática, tiene poca fuerza por eso podemos dar con el inicio del foco», indica el capitán. Sin embargo, en cuanto coge potencia «ves otro tipo de indicios. El tronco de un arbol sólo se cacina por la parte frontal, mientras que si el fuego aún es débil, rodea toda la madera». Todas estas observaciones se van señalizando con banderines de color rojo o gris que sirven de guía y apuntan directamente hacia el inicio. Cuando se localice el punto, el siguiente paso es el tamizado. Se acotan carriles y con una lupa se analiza, palmo a palmo, todo el terreno para buscar posibles indicios que, más tarde, se convertirán en las pruebas materiales. Lo más rápido es cuando se localizan restos de acelerantes o artefactos incendiarios como cartuchos. Estas pistas dan rápidamente con el origen. Aunque, si no se encuentra ningún indicio en el terreno, la labor se complica porque lograr declaraciones de los vecinos es difícil, «normalmente no quieren hablar». La falta de pruebas y testimonios es la que complica la labor de los agentes. De acuerdo con los datos de la Fiscalía de Medio Ambiente, en 2011, sólo 304 personas fueron imputadas como supuestos autores de un incendio forestal. De esta cifra se deduce que de los más de 16.000 incendios que se produjeron, sólo se esclareció un 3%.

 

Retapizado de una zona quemada
Recuperar un territorio que han calcinado las llamas lleva más de 50 años y su mayor problema es enfrentarse a la posible erosión del terreno y a las lluvias forestales. Un problema añadido es la pérdida de especies autóctonas como los alcornocales en la zona del Alto Ampurdán. Sin embargo, en esta ocasión han tenido suerte porque de las 4.500 hectáreas calcinadas, «el 95 % rebrotará», explican los técnicos de Cork (asociación del sector del corcho). Para recuperar el terreno, una empresa andaluza (Bio-Iliberis) ha desarrollado una técnica por la que unas bacterias se comen los hidrocarburos y favorecen la regeneración del terreno. «Realizamos una mezcla con microrganismos, semillas y turba que actúa como las plantas», explica la responsable de I+d, de la empresa, Amalia Roca.