Huevo de lencería

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Como se ha puesto la economía doméstica, cualquier exageración sobre el progresivo e inquietante empobrecimiento parece razonable. Por eso, ya ni siquiera parece una broma lo que se me ocurrió pensar hace tiempo respecto a que el trabajo es tan escaso, y está tan mal pagado, que muchos mendigos incluso temen que les salga un empleo. Ser de clase media se ha convertido en un castigo, lo que explica que haya personas que encuentren más interesantes las rentas que devenga la mendicidad. En la puerta de un supermercado he visto a una señora que por el servicio que presta recogiendo a su aire los carritos de la clientela obtiene una compensación económica superior a la que consiguen en sus puestos reglamentarios las cajeras del establecimiento. Cuenta además con la ventaja de que en el organigrama de la miseria no hay jefes, así que no pende sobre su cabeza la amenaza de un posible despido, ni el riesgo de una regulación de empleo. Donde tienen problemas los mendigos es en la intendencia, sobre todo porque en los barrios de clase media ni siquiera conservan su valor alimenticio las basuras. Desde que el país superó hace medio siglo la natural escasez de la posguerra, nunca hubo en España basuras tan limpias, ni perros tan delgados. En la calle en la que vivo hay crisis como en cualquier otra calle de España y sé del dueño de una zapatería de Compostela que, al desaparecer la clientela y empobrecerse su negocio, se ha dado cuenta de que llevaba por lo menos veinte años sin cruzar los brazos. Una amiga mía muy digna ha decidido camuflar la pobreza con el orgullo y tomó la decisión de convertir el hambre en una dieta, así que su delgadez dice ella que de donde viene no es de las privaciones, sino de su libre decisión de perder peso. Mientras pueda luchar contra la realidad de que su pobreza es el fiel reflejo de un castigo, mi amiga intenta por todos los medios que su creciente delgadez parezca una hazaña. Un poco a cuento de todo esto, me viene a la memoria el recuerdo del cardenal Quiroga Palacios sentado en la puerta de un burdel compostelano, de regreso de un agotador vía crucis estival por el monte. En un momento dado asomó a la puerta la «madame» del local y le dijo a Su Eminencia Reverendísima: «Me gusta verle por aquí, señor cardenal. En estos lugares no corren buenos tiempos para nadie. Pero cada uno se detiene donde le salen al paso la necesidad o el cansancio. Y si no le invito a pasar, don Fernando, es porque supongo que a Dios no le gustaría que le viese monseñor en pijama». El admirado cardenal no contestó, pero la «madame» me dijo que sonrió «como si el Espíritu Santo acabase de poner un huevo de lencería entre sus piernas». España es ahora menos pobre que entonces, pero ya hay gente que si enciende la luz de casa es sólo para saber donde apagarla.