El Reina Sofía mira a España

Lo explicaba el director del Reina Sofía con una máxima: «La historia nunca es neutral. No sólo refleja el poder por el que se lucha, sino que forma unas estructuras sociales y, además, artísticas. Replantearse la historia supone restituir artistas», dijo Manuel Borja-Villel sobre la culminación de investigación científica, la de la colección permanente del centro que abarca la creación artística entre 1945 y 1968, y que, elocuentemente, se titula «Arte en un mundo dividido». Si la historia de esos años se ha explicado por la abstracción y, como dice Eduardo Arroyo, «en todos los museos del mundo ves el mismo rollo», la cuarta planta del museo de Madrid plasma otro punto de vista, el del realismo en sus distintas vertientes, especialmente la existencial. Por hablar de autores, Genovés, Luis Gordillo, José Val del Omar, Darío Villalba, Ramón Masats y el citado Arroyo ocupan un lugar central para explicar ese periodo que, dijo Borja-Villel, «está en la base de lo que somos hoy».

«No es localismo»
Esta recuperación de una parte de la perspectiva española –una crítica recurrente a la colección– «no es por localismo ni por nacionalismo, sino todo lo contrario. Supone replantearse la historia como algo abierto, plural, complejo. Ninguna de las historias reflejan el realismo, sino todo lo contrario y en ese terreno la colección del Reina Sofía tiene una importancia única», señaló el director del centro. Entre las nuevas incorporaciones no sólo hay españoles: Telémaque, Rabascall, Oldenburg, Guston, Dian Arbus, Richard Hamilton o Bacon también colocan obra nueva en el museo. Pero los figurativos españoles suman fuerzas para explicar el arte de posguerra con el Equipo Crónica, Tàpies, Saura y Millares (que también están) y la fotografía neorrealista hasta llegar a otro gran figurativo: Antonio López. La síntesis de esa polémica entre figurativos y abstractos la cuenta la obra «Vivir y dejar morir o el fin trágico de Marcel Duchamp» (1966), de Arroyo, Aillaud y Recalcati, en el que los tres artistas se autorrepresentan dando una paliza y asesinando a Marcel Duchamp después de tirarlo por la escalera. «Fue una provocación que generó una enorme polémica; tanta, que el Pompidou lo quiso comprar. Yo me opuse, porque suponía que lo guardarían en cualquier sótano. Hoy me alegro de que este museo lo cuelgue», decía Arroyo. «La nueva figuración era el rechazo de la abstracción. Combatimos la dictadura de la abstracción francesa», decía el artista ayer frente a la obra, que sufrió incluso una agresión que no ha sido restaurada.

Y en esta perspectiva española brilla con luz propia la figura de José Val del Omar, al que el centro ya dedicó una gran retrospectiva y que ha recibido en depósito a largo plazo, entre otras pertenencias y obras, el «Tríptico elemental de España», cortometrajes grabados en Granada, en tierras de Castilla y en Galicia que toman de las tallas de Berruguete, del flamenco, de la tierra de los campesinos y, sobre todo, de las nuevas técnicas del cine, la inspiración para preguntarse por los «seres» de España.

Val del Omar, en Sao Paulo
La reivindicación de la fascinante figura de Val del Omar, incluso, parece que está teniendo repercusión internacional, ya que, según anunció ayer Borja-Villel, su obra ha sido seleccionada para la Bienal de Sao Paulo. Las del incomparable artista granadino no son las únicas piezas que miran hacia dentro, a España como un problema artístico: «Spain is Different», de Joan Rabascall, que acaba de ser adquirida, también forma parte del relato, al igual que una sala nueva, la de la fotografía neorrealista con dos exponentes, Ramón Masats y Carlos Pérez Siquier, presentes en la reinauguración y que se autodenominaron los «Rolling Stones de la fotografía española. Por la edad». Pero en la sala hay 18 firmas, incluidos Català Roca, Joam Colom y Juan Dolcet.

Luis Gordillo aseguraba sentirse orgulloso de ver «Dibujos post-abstractos», creada por él en 1962, unas «reflexiones infantiles de la sociedad pintadas cuando yo mismo no creía en mí. Verlas en el museo me parece una epopeya». También Darío Villalba celebró frente a sus «Encapsulados» que haya directores de museos «con una visión tan nueva y tan rica del arte contemporáneo que lleguen a darse cuenta de que hay tres tipos de realismos». Ni la historia estaba cerrada ni lo estará con esta relectura, sino que se escribe por las dobleces de la verdad oficial.

 

Arroyo, Duchamp y los dictadores
Eduardo Arroyo recordaba ayer la polémica surgida por el cuadro «Vivir y dejar morir o el fin trágico de Marcel Duchamp», a partes iguales divertido e indignado por cómo el tiempo ha tratado a los contestatarios del realismo y la «apropiación de la pintura americana de esa reacción». Junto a este cuadro, compuesto de ocho fragmentos en los que se imagina la muerte del artista francés, una serie de cuatro lienzos en los que Arroyo imagina como monstruos a Salazar, Franco, Hitler y Stalin. «También generó una enorme polémica. Hoy, los figurativos se subastan a precios caros. Somos como un movimiento salido de las tinieblas», aseguraba. «En este museo, por lo menos, se evitan los lugares comunes de la historia del arte».