Historia

Barcelona

La funesta manía de pensar

Tal vez hayamos descubierto ya desde hace tiempo que nos conviene incluso pensar, también a la calificada como sociedad civil 

La Razón
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Uno de los frecuentes y falsos tópicos que pretende caracterizar la vida intelectual española es su escaso rigor intelectual. Se dice que los españoles son acríticos, que durante su formación no se ha favorecido la creatividad, se repudia lo memorístico y se asegura que ya resulta tradicional el no pensar, arguyendo que perdura lo de la «funesta manía de pensar», que se nos atribuye y que se dice que fue lema de la Universidad de Cervera (Lérida), creada por Felipe V para castigar a Barcelona, partidaria del pavo real de los Habsburgo, y, en consecuencia, obligada a cerrar la suya por su desafección a la nueva dinastía. Sin embargo, el claustro de aquella Universidad, para congraciarse con el nuevo Rey, no utilizó lo que se entendió como lema y que algunos aseguran infundadamente que cabe leer en su puerta, sino la simplificación de una burda redacción: «Lejos todo odio contra quien hubiere sido en algún tiempo nuestro enemigo y lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir, que ha minado por largo tiempo, reventando al fin con los efectos, que nadie puede negar, de viciar costumbres, con total transtorno de imperios y religión». La pretensión era halagar al nuevo monarca, aunque el significado del término «discurrir» tampoco equivaldría al actual. Otros opinan que la frase procede de la España fernandina, empecinada sólo en embestir, explícita de la «Gaceta de Madrid»: «Lejos de nosotros el discurrir» (3 de mayo de 1827). Tampoco viene al caso recordar ahora la más reciente frase de Miguel Unamuno en el acto de la Universidad salmantina, que le enfrentó al general Millán Astray y que le llevó al ostracismo en la yalejana Salamanca de 1936.

Por el contrario, no hay semana que algún equipo investigador español no ofrezca el resultado de una innovación, ya sea en biomedicina, en cirugía, en química o en astronomía. Bien es verdad –y es de lamentar– que no existe un solo Premio Nobel en nuestras Universidades, que de las doscientas primeras, según determinado ranking, figura sólo la barcelonesa Pompeu Fabra con el número 186. Se han propuesto tan sólo ocho centros de élite científica que podrán recibir ayuda económica. La mitad se encuentra en Cataluña, donde con mayor entusiasmo el president Mas hace uso del tijeretazo. Apenas si se ha oído en los planes indefinidos de los candidatos el término ciencia, antes tan solicitado, o el de cultura, ya en el ostracismo. En tiempos de crisis parece oportuno mirar hacia delante y esperar que, superada ésta, aunque sea «ad kalendas graecas», las nuevas promociones no hayan abandonado afanes innovadores. Porque no todo consiste en crear empresas –que falta hacen–, sino en despertar el afán creativo que brilla a ráfagas. La capacidad de nuestros jóvenes derivará de las instituciones culturales y científicas, si éstas perduran, son alimentadas con suficientes recursos y se eliminan tópicos.

Nadie desea retornar a la España negra, ni a las leyendas de lo español –toros, flamenco, mantilla y paella–. Pero no se modernizará, ni evitaremos determinadas burbujas, si empobrecemos la enseñanza universitaria, el cultivo de la inteligencia, el disfrute de la creatividad literaria y artística. Parece que el mercado de los libros, aunque con dificultades, resiste mejor que otros sectores. Leemos, tan sólo es necesario observar a los pasajeros de los transportes públicos. Tal vez hayamos descubierto ya desde hace tiempo que nos conviene incluso pensar, también a la calificada como sociedad civil, capaz de resistir y renovarse. Lo que se hizo en los últimos veinte años está dando frutos. No nos empeñemos en ser sólo los mejores en el terreno deportivo –nos queda un largo camino en atletismo y en natación–, pero ser solidarios, velar por una educación para las mayorías no debe ser óbice para potenciar la excelencia en cualquier ámbito. En tiempos de dificultades, aunque nos reduzcan las «A» del crédito, conviene aferrarse a lo que puede ser el valor de mañana. Tampoco les iría mal a los políticos, dedicados al sano deporte del recorte presupuestario y a quedar lo mejor posible ante Bruselas o Washington, practicar la reflexión, tras observar no sólo a sus votantes o simpatizantes, sino a ese pueblo llano que acude a las bibliotecas públicas, a las aulas en los diversos grados, a los laboratorios (y sin apenas retribución) y que, tal vez, no vote. La economía difumina otras zonas de la sociedad que, aunque afectadas, constituyen valores de modernidad. Nadie cree ya en que el pensamiento crítico sea funesto y que, no sin motivo, nos caracterizó en el remoto pasado, aunque unos pocos lo asuman todavía con fervor.