Las Ventas: zona cero del «cruising»

Cada noche, acuden hombres en busca de sexo homosexual rápido y anónimo. No hay dinero de por medio. 

Las Ventas: zona cero del «cruising»
Las Ventas: zona cero del «cruising»

Madrid- Corren los años ‘80. Un detective de policía se infiltra en el ambiente gay de la ciudad de Nueva York para dar con un asesino en serie que mata a hombres homosexuales en lugares de encuentro sexual con desconocidos. La trama pertenece a «Cruising», una película estadounidense dirigida por William Friedkin e interpretada por Al Pacino. Por extraño que parezca, además del título de un filme, el término da nombre a una actividad sexual que se practica no muy lejos de su barrio. Son las tres de la madrugada de un jueves cualquiera. Varios coches merodean alrededor del 237 de la calle de Alcalá. Un hombre deambula por allí sin rumbo aparente; anda un poco, se apoya en la pared... Parece que esperaran a alguien o algo. Por su forma de gesticular aparenta sentirse inseguro, dubitativo; mira constantemente a su alrededor. Un coche rojo se acerca a él. Baja la ventanilla e invita al joven, de unos 30 años, a un cigarro. Charlan un poco, sonríen forzados y, en lo que se han fumado el pitillo, el chaval ya se ha montado en el asiento del copiloto. Avanzan unos metros y aparcan. No han pasado cinco minutos y el joven vuelve a bajarse del coche. El conductor abandona el lugar echándose otro cigarro. No se conocían de nada y han mantenido un encuentro sexual esporádico sin dinero de por medio. Lo que han hecho estos dos hombres es conocido como «cruising» y el escenario no es otro que el párking de la plaza de toros de Las Ventas. Si durante el día la Monumental ha vivido en esta fechas una frenética actividad con motivo de la Feria de San Isidro, al caer la noche, los exteriores de la emblemática plaza de toros se transforman en un ambiente mucho más sórdido y desconocido para la mayoría de los madrileños: un ir y venir de vehículos en busca de sexo fácil, anónimo y gratuito. Y homosexual, ya que se trata de una práctica sólo para hombres gays. Pero el «pilar» fundamental del «cruising» es el anonimato y la discreción. Nadie quiere ser descubierto. Se acercan hasta allí en coche, dan un par de vueltas alrededor de la plaza y, después de echar un vistazo, se aproximan a alguien que ande por allí o a otro coche. Una vez escogida la pareja, nadie pregunta nombres ni cualquier otra cuestión personal. La conversación es mínima o incluso inexistente. No están allí para ligar y no hace falta «romper el hielo». Saben que todos están ahí en busca de lo mismo. Se saltan el «protocolo» y, directamente, practican sexo. Pero ¿qué empuja a estos hombre a practicar «cruising»? ¿Morbo? ¿Timidez? ¿Miedo a ser reconocido en un local de ambiente gay? Cada uno tiene sus motivos o, en la mayoría de los casos, una combinación de varios. Sin embargo, algunos expertos señalan que la mayoría de los «consumidores de cruising» son hombres que llevan una «vida paralela». Es decir, varones de mediana edad casados y con hijos pero con fantasías sexuales muy distintas a lo que podrían aparentar. Gente que no se atreve a romper con ciertos lazos afectivos y que se «conforma» con mantener estos encuentros sexuales a escondidas. Nadie reconocería abiertamente practicar «cruising». Para el psiquiatra forense José Cabrera, esta actividad «añade al placer físico del encuentro sexual la tensión del azar y el morbo de lo desconocido». Ambos aspectos, según Cabrera, son «muy típicos en el hedonismo masculino». Para el psiquiatra, no existe un perfil psicológico o social común entre los practicantes y lo único que les une es el «leit motiv». Opina que es más fácil que se de entre los hombre ya que «la búsqueda de placer sexual masculino es muy mecánica» y, además, «el anonimato esconde al practicante y le libera de responsabilidades o ‘sentimientos ulteriores'». Sea por lo que sea, cada uno es muy libre de practicar el sexo que le apetezca. Sin embargo, los expertos insisten en advertir del riesgo que puede suponer esta práctica sexual, no sólo para la salud –por el riesgo de contagio de enfermedades de transmisión sexual– sino en el plano físico. Una «zona cruising» pueden convertirse en el lugar de trabajo perfecto para carteristas y atracadores dado el pudor de muchas víctimas a denunciar el delito.DiscrecciónA ciertas horas de la noche, los habituales saben que si un coche merodea por la zona, lo más seguro es que busque practicar «cruising» . No hace falta hablar, de hecho, cuanto más rápido sea el encuentro, mejor. Discreción y anonimato son las premisas de esta práctica sexual