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Inocente XVI

Tiempo de lectura 2 min.

05 de noviembre de 2010. 01:03h

Comentada
5/11/2010

A medida que una cumple años va sepultando la inocencia. Hay amigos que dejan de serlo al calor de la traición, valientes que se revelan cobardes y espectáculos de incoherencia que rebasan lo imaginable. Cuando era pequeña y oía a los moralistas perorar contra el sexo, el poder y el dinero, me moría de risa; ahora ya he visto con mis propios ojos a qué se referían. Confieso mi estupefacción ante Benedicto XVI. El hombre pasará a la Historia como el Papa que combatió la pederastia. Nada de lo que haga, ni sus conversaciones con Habermas, ni su abrazo al judaísmo, ni su labor intelectual cambiarán la imagen que se ha construido. Hay monseñores que están muy cabreados con el Papa. Dicen que la cosa se podría haber resuelto con más discreción, que no hacía falta hablar a todas horas del asunto, recibir a las familias o llorar con ellas, que se está corriendo el riesgo de que parezca que sólo en la Iglesia hay pederastia. No sé si tienen razón, pero los que hablan de esta forma están calculando, y al hacerlo se parecen a los editores que opinan al ritmo de las encuestas, los políticos que mienten o los empresarios que van sin más por donde el dinero dicta. En medio de ellos el Papa brilla con una limpidez sorprendente. No parece haber tirado de la manta de la pedofilia por interés alguno. Tan sólo se ha inclinado con toda humildad delante de la verdad, inmolándose si se quiere, convencido de que de la verdad no puede salir nada malo. Reconozco que no he visto nada más puro desde que era una jovencita.
 

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