ETA como baza electoral

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Lo conveniente en la lucha contra el terrorismo es que las principales fuerzas democráticas presenten un frente común sin fisuras en torno a una política de firmeza. Esa situación ha reportado unos réditos extraordinarios. Los momentos de recuperación de la banda han coincidido en los últimos años con tiempos políticos en los que los socialistas abandonaron ese camino y se confundieron frente a un hipotético final del terrorismo que nunca se produjo. En esas circunstancias se desarrolló el proceso de negociación que culminó en el atentado de la T-4, un error político que dejó una factura trágica para el Estado de Derecho. Que la izquierda no acabe con los discursos erráticos en el manejo de la realidad vasca es siempre peligroso, pero parece ser una máxima que la acompaña cuando asume la tarea de gobierno. Con las elecciones generales a menos de dos meses, ETA emerge de nuevo como baza electoral. Los socialistas se han vuelto a saltar el pacto implícito entre los dos grandes partidos de no utilizar el terrorismo en la contienda política y, menos aún, en campaña. No se pueden interpretar de otra manera las manifestaciones públicas de los últimos días de distintos dirigentes del PSOE, con su apoyo a la farsa de la adhesión de los presos etarras al «Acuerdo de Guernica», o las valoraciones del ministro José Blanco, en las que atribuyó ayer al presidente y al candidato Rubalcaba un papel «determinante» en el final de la banda. Todo esto responde a una realidad distorsionada. ETA sigue operativa y no ha mostrado intención de disolverse. En cuanto al rol protagonista del Ejecutivo, es un exceso que no comparte ni Zapatero, que habló con sensatez de una responsabilidad compartida por los demócratas en los progresos en la lucha contra ETA. La euforia incontenida del PSOE respecto del paripé de unos reclusos que exigieron amnistía y una paz sin vencedores ni vencidos y que no se desmarcaron de la banda, es incomprensible, salvo que el candidato socialista y sus colaboradores hayan llegado a la conclusión de que aferrarse a un final teatral de la violencia es una oportunidad de frenar la caída libre en la que se encuentran. Se equivocan, como lo han hecho cada vez que han apostado por los atajos, las tomas de temperatura y los experimentos carcelarios. Se lo dijo incluso el Fiscal General del Estado cuando definió como una «vergüenza» el documento de los presos, aunque ayer le obligaran a rectificar en otra más de Conde-Pumpido. ETA se encuentra en un alto el fuego táctico. Su poder institucional y económico es más importante ahora que en toda su historia y lleva camino de asegurarse su representación más numerosa en el Congreso, gracias en parte a que el Gobierno y el PSOE, con sus loas al «paso decisivo hacia la paz» de los presos, han hecho la campaña a Bildu. La democracia no puede equivocarse más con ETA ni enviar mensajes manipulados a la sociedad. Los terroristas no están hoy peor que hace seis meses. El cambio político que se avecina tendrá también el deber de trabajar por la derrota de la banda y un final con vencedores y vencidos que evite que ETA y su mundo entiendan que los asesinatos, los secuestros y la extorsión tuvieron sentido.