Historia

De cómo redescubrí en Venecia a Stendhal por Francisco Nieva

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Una educación humanística bien dirigida – de lo que, en principio, yo carecí– aconseja a los alumnos aquellas lecturas y aquellos libros que la edad pueda asimilar y degustar. Pocos niños de catorce o quince años aprecian el mensaje universal de «El Quijote». Es como querer nutrir a un bebé con un asado de cordero. Existen sujetos que abominan de «El Quijote» porque –como a mí – les han obligado a leer, en clase y en voz alta, este libro maestro a los siete años. Era inenarrable la vergüenza que yo sentía de mi torpeza, de mi «ineptitud», deletreando pasajes jeroglíficos, henchidos de frases alambicadas y palabras. Durante la Guerra Civil y en mi casa, nadie se cuidaba de los libros que yo elegía, en una biblioteca de los más profuso y desordenado. En aquel caos del conocimiento humano, yo podía elegir entre «La crítica de la razón pura» o «La Cartuja de Parma». Como ésta me parecía menos liosa, fue la que me embaulé de cabo a rabo y aquello no me produjo «ni frío ni calor». Leer ese libro a los catorce años, en un pueblo de La Mancha, hace que no te enteres de la misa la media.
Pues, sí: r epito que, para gustar de ciertos libros, hay que vivir y leer un poco más. Puedo asegurarlo. Para que yo encontrara que «La Cartuja» era un libro maravilloso me tuvo que ocurrir lo que sigue: con 35 años, mis trabajos en el extranjero para grandes instituciones operísticas me llevaron a vivir en Venecia y en contacto con las correspondientes entidades de Milán y Parma. Pude relacionarme allí con chicas estupendas y aristocráticas, blanquísimas, exquisitas, hijas de condes y de príncipes y hasta enamorarme –platónicamente– de una de ellas. En las noches de ópera, yo las miraba con extrema complacencia con los gemelos desde mi palco, igual que Fabrizio del Dongo miraba a la condesa Sanseverina. Aquella identificación ambiental se convirtió en educación e identificación sentimental. Y nadie como Stendhal es capaz de resucitar todo ese mundo con recursos tan inéditos y modernos. Después de él, la novela contemporánea ya no fue lo mismo.

 

Francisco Nieva
de la Real Academia Española