Paul Giamatti el extraordinario tipo corriente

La viva imagen del americano medio. Medio, pero muy medio: de los que puedes encontrarte en el metro y no llaman tu atención, se funden en la multitud. En carne y hueso no cambia: su aspecto es intercambiable con el de cualquiera de nosotros.

 

De ahí su grandeza como actor: con los mil matices de su trabajo puede convertir en digno a alguien tan indigno como el Barney Panofsky de «El mundo según Barney». «No creo que sea una mala persona», asegura Giamatti. «Fíjate cómo cuida a su amigo Boogie (que interpreta Scott Speedman) o la relación que tiene con su padre. Simplemente es alguien que podría ser una mala persona porque no cree en la bondad del mundo».

Quizá ese condicional nos haga comprender por qué el espectador puede sentir empatía por un personaje tan antipático: «Es un hombre inseguro, un romántico frustrado. Sólo un romántico podría ser tan insistente en el acto de seducir. Es lo que le gusta a su tercera esposa, la única de la que realmente está enamorado: su sinceridad, su honestidad. Es cierto que, en la superficie, podríamos considerarlo un hombre de éxito, pero por dentro tiene tendencias bastante autodestructivas».

Estajanovista nato

Giamatti es un estajanovista nato. No hace ascos a la televisión (ver, si no, su impecable interpretación en la miniserie «John Adams»), cumple con el cine «indie» con tanto entusiasmo como el que invierte en producciones «mainstream» como «El planeta de los simios» o «Paycheck», y por ello resulta difícil encasillarle. Aunque, la verdad, da la impresión de que ya había encarnado a personajes parecidos al de Barney: «Me aburro con demasiada facilidad. Creo que por eso me convertí en actor: para no saber lo que iba a hacer al día siguiente. No sé si hay una línea en mis personajes, porque tiendo a elegirlos para divertirme, sin pararme a pensar si se parecen o no entre sí. Es cierto que los protagonistas de "American Splendor", "Entre copas"y "El mundo según Barney"tienen mucho en común, pero los escogí por eso, precisamente por eso», comenta.

En «El mundo según Barney» coincide por segunda vez (la primera fue en «Confidence») con Dustin Hoffman, actor que, de algún modo, interpretó personajes en los sesenta y setenta que Giamatti se calza cuarenta años después. ¿Cómo ha sido encontrarse con su reflejo especular? «Hay que aprender a seguirle porque no trabaja de una manera convencional. No le gustan los ensayos, tiende a modificar sus líneas de diálogo mientras le están filmando. Puede interrumpir una escena y pedirle al director si puede improvisarla por completo. Y cuando ha empezado a improvisar, de repente vuelve al guión».


Humor vitriólico
Los dos novelas más famosas de Mordecai Richler, «The Apprenticeship or Duddy Kravitz» y «La versión de Barney», tratan un tema obsesivo: su infancia en el barrio de emigrantes judíos en Montreal Este en los años 30 y 40, una crónica burlona del vecindario y de la familia escrita con estilo provocador. La primera fue llevada al cine en 1974 y la segunda se estrena hoy. Su protagonista, un productor de televisión borrachín y malapata, escribe la historia de su vida, desquiciada y exuberante como sus enredos amorosos. Mezcla la nostalgia del París de los 50 con su existencia actual y retrata la mezquindad de sus amigos con una incorrección política salvaje.

La novela, entre el diario y la crónica generacional, no deja títere con cabeza. Bucea en su memoria, ya caduca, y trata de defenderse de las calumnias de Terry McIver, que le acusa de haber matado a su mejor amigo. «La versión de Barney» fusiona literatura y periodismo de forma tan caótica como su propia vida. Reluce el vitriólico sentido del humor que le convirtió en un polémico columnista en «The National Post» de Montreal, en donde arremetió tanto contra el nacionalismo separatista de Quebec como el canadiense. Informa Lluís FERNÁNDEZ