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La Razón
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El fútbol tiene la virtud de aceptar modos de otros deportes. Por ello, las páginas de información futbolística se han llenado de números, de estadísticas al modo del baloncesto de Estados Unidos. La importación ha sido para bien. No obstante, del excesivo recurso de las contabilidades también hay que defenderse. Es perverso.

No hay partido en el que no se eche mano de antecedentes, que se recuerden datos de antaño y se recurra a datos que apuntan hacia los récords. Ahora hemos vivido los del Barcelona: los doscientos goles de Messi y la superación de Valdés del tiempo en que Miguel Reina estuvo sin entrar en su portería a por el balón. Queda mejorar la marca de Abel, guardameta del Atlético, de quien un diario colombiano, cuando Luis Enrique le rompió la imbatibilidad, publicó este titular: «Se pasó de virgen».

Sabemos por qué gol va el Madrid en Europa, cuántos minutos tardan en marcar Cristiano y Messi. Lo último ha sido la rapidez del gol del valencianista Jonas, que, al parecer, no superó la marca de Makaay, quien le ganó por trece centésimas, lo que ya es hilar fino. Corremos el peligro de creer que las estadísticas son el mejor argumento. La posesión del balón de forma abrumadora, como suele contabilizarse, no siempre es signo de victoria. Las cifras reales son las del marcador. Lo demás son juegos florales. Estamos perdiendo de vista el análisis de la calidad del juego que presenciamos.

Posdata. Fallan memorias. Fernando Martín y Felipe Reyes nacieron al baloncesto en el Magariños. Es historia y datos.