Lendoiro «manda carallo»

Lendoiro, «manda carallo»
Lendoiro, «manda carallo»

Oportunistas
Los ataques a Augusto César Lendoiro, ahora que su Deportivo se bate contra el descenso, sólo pueden estar definidos por una cosa: el oportunismo.

Los ataques a Augusto César Lendoiro, ahora que su Deportivo se bate contra el descenso, sólo pueden estar definidos por una cosa: el oportunismo. Hace veinte años, este visionario se había cansado de ganarlo todo en el mundo del hockey sobre patines y se lanzó al reto de devolver a la ciudad de Coruña a la Primera División, que no cataban desde que el bisabuelo de María Pita jugaba en juveniles. No sólo lo logró, de la mano de Arsenio Iglesias, es que hizo crecer al club hasta hacerlo campeón de Liga y disputarle una semifinal de «Champions» al Oporto de Mourinho. Ahora lo critican «como quien goza viendo caer a un gigante entre las zarzas». Y cabe añadir, como en la canción: «Maldita sea la Humanidad» (y el hispánico resentimiento). Llevaban siglos con la garrota de la envidia preparada.
Los usos de Lendoiro, noctámbulo empedernido, engrandecen todavía más sus éxitos. Cuentan quienes han negociado con él que recibe a la contraparte a las once de la noche en una marisquería y que los pone finos de percebes y Ribeiro hasta que, cuando clarea el alba, uno firmaría su propia sentencia de muerte con tal de irse a dormir. Nunca empieza la jornada siguiente, por supuesto, antes de la hora del almuerzo porque los señores usan la mañana para dormir, que es para lo que está. Así construyó el milagro del Superdépor y así va a conseguir salvar el pellejo una temporada más, a la espera de que los grandes industriales gallegos salgan de la crisis y encuentren vías para volver a financiar al penúltimo club (después sólo lo hizo el Valencia de Rafa Benítez) que logró soplarle un campeonato de Liga a los de siempre.


Lucas Haurie



La agonía de un sueño
Empieza a mostrar síntomas de creerse por encima de su club y del escudo, de esos presidentes con mala cara que se meriendan a dos jugadores cada tarde.


A mi amigo Lucas le cae bien Lendoiro y a mí me cae bien Lucas por su gran corazón. El Haurie, que sabe de sobra lo que es sufrir por opinar en contra de la línea oficial, se pone de parte, sin embargo, de un presidente que comienza a mostrar síntomas de creerse por encima de su club y del escudo, de esos presidentes con mala cara que se meriendan a dos jugadores cada tarde. Lendoiro, quizá nervioso por el desgaste que le provoca la ingeniería matemática en la que vive el Dépor, se permite ahora impedir la entrada de determinados periodistas a sus conferencias de prensa, que es una cosa que está feísima y que indica que hay muchos nervios y poca transparencia. Pero Lucas, insisto, es buena gente y, además, La Coruña le pilla lejísimos.
La maltrecha economía en la que vive el Dépor puede que tenga mucho que ver con la crisis mundial y con las dificultades financieras que provoca la supervivencia en una ciudad pequeña, pero a nadie se le escapa que el presidente deportivista se ha ganado a pulso a sus enemigos en las instituciones y así le será harto complicado superar un bache propiciado por los excesos que provocó cuando pensaba que las vacas iban a seguir engordando para los restos. No es un caso aislado. En el libro de registro de cargas de la Liga de Fútbol Profesional aparecen varios clubes con embargos y deudas fabulosas, pero la triste historia de Lendoiro le señalará como responsable de la pignoración de Valerón, y eso es un pecado mortal y una ofensa gravísima. Lo peor es habernos hecho creer en el romanticismo para después decepcionarnos con la triste realidad. Se está cargando un sueño. A ver si hay suerte y me equivoco, Lucas.


María José Navarro