Firmeza y oferta de diálogo

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El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha tendido una vez más la mano a Artur Mas, en un esfuerzo por reconducir una situación que, como explicó con palabras certeras el jefe del Ejecutivo, «arrastra al pueblo catalán hacia un dilema imposible». Y eso que no estuvo Rajoy, precisamente, complaciente con el presidente en funciones de la Generalitat en su discurso de clausura de la19 Unión Intermunicipal, que el Partido Popular ha celebrado el viernes y el sábado en Barcelona. En un tono enérgico y sin poner paños calientes, Rajoy reprochó a Artur Mas que se haya rendido ante la crisis, abdicado de su responsabilidad de gobernante y emprendido una huida hacia la nada. Una actitud que el presidente del Gobierno entiende directamente relacionada con las dificultades que la mala coyuntura económica, con los consecuentes problemas de financiación, ha impuesto a los gobernantes. Pero, frente a ese error, que además supone un claro desafío al principio de legalidad de nuestro Estado de Derecho, el presidente del Gobierno ha contrapuesto la eficacia del esfuerzo común y la unidad para enfrentar la crisis. El punto de partida es la vinculación de Cataluña con el resto de España, que hace de esta región un «patrimonio de valor incalculable para todo el país». Porque el eje del discurso de Rajoy ha sido la asunción del hecho histórico, consagrado por la Constitución, de que Cataluña es España, pero España es también de los catalanes, en un «vínculo irrompible», lo que supone que los problemas de Cataluña deban asumirse como propios por todos los españoles.
De ahí la recriminación al presidente de la Generalitat por haber optado «por romper la baraja y saltarse la Ley a la torera» en lugar de seguir el camino de ajustes y reformas emprendido al principio de su legislatura. Rajoy, al referirse a las medidas de ayuda puestas en marcha para las comunidades autónomas con dificultades de financiación, viene a decirle a Artur Mas que la colaboración hubiera sido posible, sin coacciones ni amenazas, y que, incluso ahora, también lo es. Se equivocaría el nacionalismo catalán en condicionar el diálogo a un resultado electoral. Rajoy no puede –ni quiere– cambiar el marco constitucional, pero, frente a las insidias pueriles de algunos dirigentes políticos, que retratan al Partido Popular como centralista y enemigo de las autonomías, el presidente del Gobierno es un declarado y firme defensor de la España plural, la que suma. Ayer, en Barcelona, no pudo decirlo más claro. Con diálogo y sosiego, pero también con rectificación, se puede salir del mal paso en el que nos encontramos absolutamente todos los españoles, no sólo los catalanes.