OPINIÓN: El alegre «bon vivant»

La RazónLa Razón

Entre los directores de cine, Claude Chabrol formaba parte de los grandes epicúreos, gordos y orgullosos «bon vivant» que apreciaban la buena cocina, como Hitchcock y Welles y su buen amigo Francis Ford Coppola, con quien solía reunirse en los festivales para practicar su deporte favorito: comer en los mejores restaurantes y hartarse como los protagonistas de «La gran bouffe», filme de Marco Ferrari, otro amante de las comilonas, en la que tres burgueses se encierran en una mansión para comer los más exquisitos manjares hasta morir de hartazgo.

Como buen «gourmet», Chabrol producía sus vinos en Angers y le disgustaba la distinción con el «gourmand», es decir, entre el gastrónomo y el comilón. Dos cosas que Chabrol practicaba con pasión. Contaba que su madre siempre le daba pan con jamón dulce hasta que descubrió a la cocinera de su abuela, Marie, que le preparaba sangre con cebolla. A los trece años podía comerse de una sentada una olla entera y doce filetes y sentirse la mar de bien. Desde entonces, para Chabrol, comer se volvió una meta en su vida. Lo que le hizo engordar, contrariamente a los demás miembros de la «Nouvelle Vague», que despreciaban la comida. Truffaut solía comer un filete muy hecho con mostaza. Desde «El carnicero», en sus películas retrataba con meticulosidad la vida familiar de la burguesía provinciana y le daba especial importancia a las escenas de las comidas familiares, en las que utilizaba platos auténticos que luego compartía con su equipo.

Su última mujer, Aurore, cocinaba maravillosamente los pichones «au sables doré» y su plato favorito, el lenguado. «Comer y trabajar bien son para mí lo mismo», decía hasta que el médico lo puso a dieta. No debió hacerle caso, porque en 2004 se fue a vivir a Croisic y solía degustar los mariscos del restaurante l´Ocean.