Rendidos ante Cecilia Gallerani

La obra de Leonardo da Vinci, incluida en la exposición «Polonia. Tesoros y colecciones artísticas», que acoge el Palacio Real, provoca fervor y toda clase de comentarios entre el público

La llegada a Madrid de La «Dama del armiño» de Leonardo da Vinci ha despertado una gran expectación. El público acudió desde el primer día al Palacio Real de Madrid para poder contemplarla, como puede observarse en la fotografía de al lado.
La llegada a Madrid de La «Dama del armiño» de Leonardo da Vinci ha despertado una gran expectación. El público acudió desde el primer día al Palacio Real de Madrid para poder contemplarla, como puede observarse en la fotografía de al lado.

Dos mujeres. Dos retratos. Dos desconocidas a pesar de sus nombres y apellidos, de los archivos y los documentos que han sobrevivido a los avatares del tiempo y la memoria. Haz y envés de dos estilos, de dos maneras de ejecutar la pintura. Una exposición de doscientas obras y solamente dos piezas en el imaginario colectivo: «Niña en un marco», de Rembrandt, y «La dama del armiño», de Leonardo da Vinci. Un maestro y un genio. El primero representa el intento de trasladar el mundo de la pintura a la realidad, el esfuerzo convexo para que imagen y figura coincidan en el mismo espacio, el físico, el del lado de acá; el segundo significa el misterio, la intención de arrastrar al observador, de convencerlo para llevarlo al mundo que encarna la pintura. La intención cóncava de introducir al visitante en el plano de la obra, de situarlo en la otra orilla, en el lado de allá.


Con la cámara en la mano
Dos clases de modernidad. Una más antigua, otra más actual. Pero la partida se decanta sin explicación alguna de parte del sentimiento y no de la razón, del mundo sin palabras del sobrecogimiento y no de la perfección detallista, de la terca verosimilitud, siempre pendiente de un adjetivo, de una frase. «Es la fuerza que tiene su rostro, que es increíble, la mirada», explica, con la cámara en la mano, el fotógrafo de este diario, Cipriano Pastrano, después de haber observado la «Dama del armiño» durante mucho rato, de haber capturado su imagen más de una docenas de veces, de haberla contemplado con la minuciosidad que permite la mirada indiscreta y aumentativa de las lentes.

Desde el primer día, desde las primeras horas, una cola de visitantes y de curiosos hacen fila delante del Palacio Real y recorren los pasillos y las salas consecutivas, una detrás de otra, hasta dar con esas dos obras. Apenas se detienen en los demás lienzos, en las filigranas de las armaduras o el arte numismático de algunas monedas. Una pareja de italianos hacen patria: «Lo mejor de Madrid ahora mismo está aquí». Han venido a ver esta obra, que no tienen en sus museos, realizada por uno de los pintores más reconocidos de su país. «Ya la vi en Milán», recuerda él. «Es formidable», señala ella. El público se reúne alrededor del retrato de Cecilia Gallerani. La admiración que siente los lleva a romper la barrera de la timidez y, enseguida, los visitantes entablan conversaciones entre ellos. Una señora señala con el dedo un detalle y otra intenta dar lecciones de arte a su amiga: «Nadie ha sabido explicar bien el "sfumato". Él pintó muy poco. Este cuadro es muy importante porque lo hizo él desde el principio hasta el final. No intervino otro artista».


No se puede describir
Muy cerca, Ramón reconoce que ya la había visto con anterioridad en Cracovia. «Me gusta la poesía que tiene, la relajación y la belleza que transmite, la luz que él ha retratado... en el fondo no la puedo describir. Es una de esas obras de arte de la que nunca te cansas, que si pudieras siempre estarías mirándola. El Rembrandt de la sala anterior me ha encantado, pero este retrato es... merece la pena venir a verlo. Es maravilloso». Otros italianos irrumpen en la sala. Son cuatro. Dos parejas. Comentan entre ellos. Se quedan callados. Comparten unas confidencias. Palabras susurradas. No resulta necesario traducirlas. Todas vienen matizadas por la admiración. Junto a ellos, unos pasos más adelante, un hombre, con una moleskine roja abierta, toma magisterio del autor de «La Gioconda» e intenta reproducir sus trazos. En una hoja copia con un lápiz de grafito a la Cecilia Gallerani de Da Vinci. Da una explicación: «El ejercicio del dibujo te ayuda a interiorizar de una forma consciente la obra. Es una manera de sentir esta pieza de una forma distinta. Es como una comunión estrecha con la pieza», explica José Manuel. Atrás, en otra página, se ve el esbozo del Rembrandt.

–¿Cuál es la principal diferencia entre ellos? La mayoría prefiere el trabajo de Leonardo.
–Para mí –responde el copista– es la diferencia que existe entre un maestro de la pintura como es Rembrandt y un genio. Leonardo da Vinci es la constatación de que igual que hay depravados y monstruos, también existen verdaderos genios. Él es la cristalización del espíritu humano, de que la vida también puede traernos de vez en cuando la genialidad. Rembrandt es un grande de la pintura. Pero Leonardo es otra dimensión. Es un genio en sus 360 grados.

El público se acerca. La ven y callan. En las salas anteriores, en las galerías que preceden hay más ruido. En esta estancia, creada a partir de un panel que separa el retrato y lo aísla para crear intimidad, las voces se convierten en susurros. La mayoría se aproxima al cuadro en silencio. Se arremolina a su alrededor con una admiración que roza la beatería y que en otros tiempos podría considerarse algo casi sacrílego. Unos reparan en la mirada de ella. Otros en el armiño –alguno hay al que no le gusta– y existe también quien critica la mano. Consideran que es demasiado grande, demasiado desproporcionada, en vitalidad y en tamaño, para una chica de esa edad. También hay comentarios sobre la posición escogida por el artista para su modelo. «Es que ella ya estaba embarazada por entonces», se oye a alguien. Una pareja se quedan entre el texto que explica el cuadro y la obra. Ella lo observa sin despegar la mirada de él en ningún instante. Él lee a su lado, muy bajo, la explicación. Ella asiente y él, al terminar, mira sin decir nada. Santiago intenta explicar sus emociones: «Me gusta fundamentalmente por su luz. Quería acercarme tanto para ver los detalles que casi me caigo. Llegué ayer a Madrid y hoy he venido a verlo. Ha valido la pena». Évora destaca «la humanidad que tiene» y Cristina dice: «Parece que en cualquier momento fuera a empezar a hablar».



El detalle
IMPRESIONES DE UNA OBRA

Luis es cámara del programa «Informe semanal», de TVE. Se mueve alrededor de la obra. Ya la había visto en Polonia. Ahora en Madrid. «Es impresionante. A través de la cámara puedes apreciar las pinceladas, el paso del tiempo, los colores. Es impresionante. Aprecio todos los detalles. No se me escapa nada... hasta el delicado pelo del armiño. Esta obra no se puede explicar».
Feli ha llegado desde Segovia. A primera hora estaba ya en el Palacio Real. «Me encanta la cara que tiene, el collar y que haya dibujado con tanto detalle hasta las uñas del armiño».
José y Teresa llegan con su hija. Ella se ha sorprendido con el tamaño: «Creí que era más grande». Él repara en otro aspecto: «Es una belleza de otra época, pero ella es muy guapa».
Rosendo y María Luisa no disimulan su entusiasmo. Él: «Soy médico y admiro el dominio absoluto que tiene de la anatomía del hombre». Ella: «La mano, eso sí, no tiene la frescura del rostro».


El reclamo de Leonardo
La llegada a Madrid de La «Dama del armiño» de Leonardo da Vinci ha despertado una gran expectación. El público acudió desde el primer día al Palacio Real de Madrid para poder contemplarla, como puede observarse en la fotografía de al lado.


Dónde: Palacio Real de Madrid. Calle Bailén s/n
Cuándo: De lunes a domingo de 10:00 a 20:00 h. Hasta el 4 de septiembre
Precio: 10 euros