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Trípoli

Los rebeldes dan tres días a Sirte

Los restos del régimen de Gadafi se pudren bajo el sol en Trípoli. La basura se acumula en las calles junto a las barricadas que aún permanecen levantadas después de los duros combates, que ahora remiten y que sólo por la noche tienen lugar todavía en algunas zonas aisladas.

 
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Una granada abandonada en una parada de autobús y un mercado totalmente quemado y destrozado permiten imaginar la batalla por Trípoli, que todavía esconde muchos secretos, esos que durante 42 años el coronel ocultó y que ahora empezarán a salir a la luz.

La conocida cárcel de Abu Salim, centro de tortura para los prisioneros políticos, está ahora vacía y abandonada: en ella había unos 3.000 detenidos, la mayor parte de ellos de la Cirenaica, la región históricamente disidente. Los archivos de la seguridad del Estado en los que se recogen sus casos yacen ahora abandonados, muchos quemados, las pruebas de los abusos del régimen perdidas. En las celdas, todavía está la ropa, las mantas, los objetos de aseo y la comida de los presos que fueron liberados cuando los rebeldes entraron a Trípoli. Antes de abandonar el horror, uno de ellos escribió en la pared: «Soy como Saddam Hussein, he estado detenido desde 1995 a 2011».

En el mismo barrio de Abu Salim, uno de los bastiones del régimen, un anciano de 80 años dice que jamás supo lo que ocurría dentro de la prisión, a dos calles de su casa, y no quiere tampoco saberlo, ya que sigue teniendo miedo a hablar. Mientras, una mujer de 50 años expresa su felicidad en la cola de una panadería: por fin es libre y, además, esta semana ya puede volver a comer pan. Algunos productos frescos ya pueden encontrarse en la capital, aunque el principal problema sigue siendo el suministro de agua y electricidad, que faltan en la mayor parte de las casas.

Sin agua ni recogida de basura, y con cadáveres todavía sin descubrir en muchos rincones de la ciudad, Trípoli se aproxima a una crisis sanitaria, pero la seguridad es lo que más preocupa, sobre todo a las autoridades. La población, por su parte, parece no prestar atención al olor y las moscas, y vuelve a salir a las calles, preparando la celebración del Aid Al Fitr, fiesta que culmina el mes sagrado del Ramadán, que concluyó ayer al atardecer.

«Verter sangre»
En esta ocasión, el Gobierno rebelde quiere regalarle a los libios la paz, el fin de la guerra y una Libia nueva y unida. Por ello su presidente, Mustafa Abdel Yalil, lanzó ayer un ultimátum a Sirte: la ciudad natal de Gadafi tiene hasta el sábado para rendirse. Los dirigentes rebeldes han intentado alcanzar desde la semana pasada una solución negociada tanto con las tropas como con los líderes tribales, sin conseguir resultados hasta ahora. El Consejo Nacional Transitorio se ha mostrado paciente pero ayer aseguró que no esperará más allá del Aid y que la batalla definitiva está cerca. Al concluir los tres días de festividad, entrarán en Sirte por la fuerza.

El viceprimer ministro rebelde, Ali Tarhuni, aseguró en Trípoli que «para ahorrar sangre hay que verter sangre». A pesar de que los revolucionarios no quieren que se dé otra dura batalla como la de Trípoli, la resistencia de Sirte es un grave problema para la credibilidad del CNT porque mantiene al país dividido, abierta la guerra y vivas las esperanzas de los gadafistas. De Sirte depende también parte del problema del suministro de agua: la agencia humanitaria de la UE ha dicho que los hombres de Gadafi serían los que cortaron dos tercios del suministro de la capital, saboteando el sistema de canalización construido por Gadafi –el pomposamente bautizado «río hecho por el gran hombre»–, que conecta todo el país. Los gadafistas mantienen cerrada en Sirte una válvula que permite el bombeo de 200.000 metros cúbicos de agua al día.

Otra de las fuentes de agua es el oasis de Sabha, en el remoto sur de Libia, donde una importante estación para el bombeo habría sido dañada por los hombres del régimen y a donde los ingenieros no pueden llegar por cuestiones de seguridad.

El escondite del sur

Sabha es otro de los últimos reductos del régimen y su lejanía y aislamiento la hacen ideal como escondite del dictador. Un guardia personal de su hijo Jamís ha dicho que Gadafi se encontraría en esta localidad, hacia la que habría huido el viernes. Desde allí podría fácilmente dejar el país por el sur, hacia Chad o Níger, aunque se cree que aún permanece en Libia. De hecho, Tarhuni, aseguró anoche en Trípoli que el CNT sabe donde está Gadafi y que no dudan de que lo van a capturar; es sólo cuestión de paciencia, y los rebeldes han demostrado que tienen mucha.


¿Son ellas las protectoras del sátrapa?
Houda Hsin, de 28 años, y Rahma Saleh, de 30, están detenidas en una comisaría de Trípoli tras ser arrestadas por los rebeldes durante el asalto al complejo residencial de Gadafi. Ambas están acusadas de formar parte del famoso séquito de mujeres guardaespaldas del dictador. Ellas lo niegan, pero sus explicaciones no ha servido para que sean puestas en libertad.