Andaluces

A Mas no le gusta cómo hablan el español –él dice «castellano»– los niños andaluces. El castellano, como decía el gran don Camilo Cela no es otra cosa que el bellísimo español que se habla en Castilla. En el mundo, nuestro idioma es el «spanish» no el «castiglian». Pero en fin, se trata de una cursilería nacionalista que se ha convertido en lugar común. No obstante, creo que Mas yerra o no ha dedicado muchas horas a hablar con andaluces, niños o adultos. O ha leído poco a los autores andaluces, que tratan el idioma con una luz y maestría difícil de superar. Los giros populares que hoy se mantienen en Andalucía, las ráfagas imprevistas, la palabra culta del Siglo de Oro que ha sobrevivido en los campesinos de Andalucía la Baja, son tesoros al aire libre de la cultura que sólo en Andalucía se encuentran. En Andalucía todo es poesía. Se dice Cornellá, Sant Feliú de Guixols, Mollerusa y Olot, y está muy bien. Se han encadenado cuatro interesantes topónimos catalanes. Pero si alguien pronuncia sin pausa, Alcalá de los Gazules, Zahara de los Atunes, Jerez de la Frontera, el Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda y Castilblanco de los Arroyos, está recitando un poema. Y claro que se entiende a los niños andaluces cuando hablan. Se los entiende si el que oye también escucha.

Con el respeto y la admiración que me produce la Literatura y Poesía catalana –respeto y admiración aquí reconocidos pocos días atrás–, me permito escribir sin merecer por ello la tortura nacionalista, que Andalucía y Castilla conforman las dos cumbres grandiosas de nuestra palabra, incluyendo en nuestra palabra a la catalana, la vasca y la gallega. Una de las características principales del andaluz es lo bien que habla. Con su acento, como el catalán, que también lo tiene, y no alcanza a dominar la belleza de los conceptos como esos niños que han heredado –lo repito–, las voces emocionantes del campo y los giros de nuestros maestros clásicos.

Entre otros, tienen a Séneca en sus ancestros. Bajo con frecuencia a Andalucía y allí he pasado muchos meses en mis años jóvenes. Soy cuarterón de Castilla, Andalucía, el País Vasco y Cataluña. Y no recuerdo haberme quedado en blanco ante la palabra de un andaluz. En la Bahía de Cádiz, en el Puerto, en Sanlúcar, en la muerte grandiosa del Guadalquivir con el Coto de Doñana por testigo, las olas llegan y rompen en las costas de Andalucía con la sabiduría en sus espumas. Si Artur o Arturo Mas no entiende a los niños andaluces, o gallegos, tampoco entenderá a los niños catalanes, que hay mucho mestizaje por sus predios. No entenderá la poesía de Alberti, o de Lorca, la palabra de Pemán, la voz impresa de Villalón, de Manuel Halcón, de los hermanos De las Cuevas, de Adriano del Valle… todos contemporáneos. Y no entenderá las columnas de Ignacio Camacho, Antonio Burgos, Francisco Reyero, y tantos orfebres barrocos de nuestro idioma principal y común.

Lo que ha querido decir Mas es que los andaluces son de fuera, como los gallegos, como los castellanos, y que los catalanes puros y duros como él no están dispuestos a gastar ni un segundo en el intento de entenderlos. La cultura nacionalista. ¡Ozú!