Una puerta abierta

Benedicto XVI cruzó a pie la Puerta de Alcalá escoltado por peregrinos de los cinco continentes

Un grupo de peregrinos cruza con el Santo Padre y el cardenal Rouco en Alcalá
Un grupo de peregrinos cruza con el Santo Padre y el cardenal Rouco en Alcalá

MADRID- Eran las 15:45 horas y el Eje Prado-Recoletos-Alcalá ya era una fiesta en la que las banderas rivalizaban con los paraguas, más efectivos que las gorras a la hora de protegerse del sol. «¡No olvidéis refrescaros!», decían por megafonía. Pero a tenor de los frecuentes giros que daban las ambulancias del Samur en torno a la Puerta de Alcalá, más de uno no hizo caso. Los peregrinos se adueñaron del centro de Madrid horas antes de la llegada de Benedicto XVI. Y el grito de guerra fue unánime dentro de ese collage de colores y emociones que conformaban en su mayoría jóvenes y niños, más hábiles –por tamaño– a la hora de «colarse» entre las primeras filas: «¡Ésta es la juventud del Papa!». De manera oficial, los jóvenes dieron ayer la bienvenida al Santo Padre.
Para entrar en calor –valga la expresión–, unos jóvenes de Nebraska (EE UU) entonaban el himno de su colegio mientras que chicos y chicas portugueses, más animados, se «marcaban» un rítmico baile al que se sumó –raíces latinas obligan– un corro español. «¡Que nadie diga que los católicos somos aburridos!», decían por los altavoces. Quedó demostrado.
A las 19:20 horas el sol se retiraba, pero aumentó el calor humano. La llegada de los servicios de seguridad y la Policía Nacional levantó las primeras ovaciones. «¡Se nota, se siente, el Papa está presente!», gritaban los peregrinos. La Puerta de Alcalá estalló de júbilo con la llegada del papamóvil por la calle Serrano. Benedicto XVI fue recibido por el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, en compañía de su esposa, Mar Utrera. El primer edil le hizo entrega de las llaves de la ciudad. La malagueña Banda de Zamarrilla ya se había encargado de que la música popular española amenizara un acto tan breve como concurrido.
«¡Queremos ver al Papa!, ¡Queremos ver al Papa!» coreaban mientras los peregrinos que se amontonaban en la calle Alfonso XII. Una petición dirigida a los voluntarios que custodiaban las vallas. «¡No podemos! Llevamos aquí desde las doce y también a nosotros nos gustaría sentarnos...», respondían.
Un ramo de olivo
Bajo la atenta mirada de la comitiva de cardenales, el Santo Padre atravesó el arco central de la Puerta de Alcalá. Flanqueándolo por los laterales le acompañaron cincuenta jóvenes, diez representando a cada uno de los cinco continentes, que comparecieron ataviados con trajes tradicionales y cogidos de la mano. Dos voluntarios le entregaron a Benedicto XVI un ramo de olivo y un plato con tierra, una invitación para que plantara un olivo como recuerdo de su visita. El Pontífice respondió echando un poco de tierra sobre una maceta.
Había «pases VIP», pero no eran oficiales: los de aquellos que accedieron a alguno de los áticos de la Plaza de la Independencia. «No tengáis miedo. Fiaos de él. No os decepcionará», podía leerse en una pancarta que recordaba las palabras de Juan Pablo II, mientras una bandera con los colores vaticanos caía por la fachada. Se trataba de una posición privilegiada para ver la exhibición de los jinetes andaluces, que vestidos de gala y a lomos de siete caballos de la familia Domecq, le brindaron al Sumo Pontífice sus reverencias. Tras la muestra, dos niños bajaron de los caballos y le entregaron al Santo Padre un mosaico a modo de obsequio.
El Papa lanzó entonces un saludo a los miles de asistentes a la Puerta de Alcalá. Tras su marcha a bordo del papamóvil con dirección a la plaza de Cibeles, una nube de globos rojos y amarillos se alzó sobre las cabezas de los peregrinos allí congregados, que siguieron al Santo Padre en el que iba a ser su primer encuentro cara a cara con los jóvenes.