Pobre Arniches

Se hallaban reunidos en un café de la calle de Alcalá don Carlos Arniches, don Pedro Muñoz-Seca, don Pedro Pérez Fernández, don Antonio Paso y don Enrique García Álvarez. Celebraban la presidencia de la SGAE de don Pedro Muñoz-Seca. Lo tiene contado García Álvarez en un artículo del tiempo pasado. En aquellas calendas, la presidencia de la SGAE la ocupaban sin sueldo ni prebendas personas decentes. Las siglas SGAE respondían a la Sociedad General de Autores de España, y el presidente se comprometía a gestionar con honestidad el dinero de los autores. Sociedad de gestión, nunca de inversión. «Lo único que funciona bien en España es la Sociedad de Autores», comentó Arniches. ¡Pobre don Carlos! La gestión de la SGAE era muy sencilla. Recaudaba el dinero de los teatros y las salas de música, y con una escuálida cifra de gastos de gestión, guardaba el dinero de los autores para que éstos dispusieran de él cuando les viniera en gana. Dinero recibido, dinero repartido, dinero adjudicado, dinero custodiado. En los tiempos posteriores a la Transición, la SGAE perdió el significado de la «E». Se sabe la terrible alergia que padece la retroprogresía con la palabra «España», para mí la más bella de nuestro idioma. Y se convirtió en la Sociedad General de Autores y Editores. Muy pronto, esa Sociedad que don Carlos Arniches consideraba inmaculada y perfecta en su labor de gestión, se convirtió en una guarida de extraños inversores. Con el dinero de los autores y editores se invertía, se hacían negocios, y aumentaban hasta porcentajes más que sospechosos los gastos de gestión. Perdió la SGAE la «E» de España y la confianza de muchos de sus socios. Se celebraban elecciones continuamente para que siempre siguieran mandando los mismos, Eduardo Bautista a la cabeza. Los sueldos millonarios volaban de amigo a amigo, de correligionario a correligionario. El último Presidente de la SGAE –todavía «Española»–, en su despacho, el maestro Torroba, nos aleccionó a un grupo de socios con su pesimismo. Estaba con nosotros quien había sido un gran Presidente, Juan José Alonso Millán, también gestor y no inversor, y que ganó mucho dinero con sus derechos de autor en el Teatro. Torroba, a un paso del final, lo advirtió: «Esto se nos va de las manos y el cielo está colmado de buitres».

La SGAE, ya de editores y no de España, quedó en poder de un grupo muy próximo al PSOE. Se celebraban periódicamente elecciones, de acuerdo con sus estatutos y reglamento interno, pero eran elecciones a la búlgara. Teddy Bautista se convirtió en su director eterno, su mandamás perpetuo, y nadie ajeno a su círculo de amistades pudo meter la mano en sus cuentas. La SGAE que nació con la sencillez de una empresa de gestión se convirtió en un antipatiquísimo conglomerado de enchufes, inversiones dudosas, sueldos altísimos y gastos inaceptables, olvidando su origen y su función fundamental. Gestionar –que no administrar–, y repartir –que no invertir–, el dinero de sus socios.

La SGAE cuenta con casi cien mil socios, de los que ocho mil tienen derecho al voto. En los últimos años, mi exiguo derecho –un voto–, nunca lo he utilizado. ¿Para qué si siempre ganaban los mismos? Ahora sobrevuelan sobre la SGAE toda suerte de denuncias, querellas y actuaciones judiciales. Se desmoronan los inversores, que no gestores, que han hecho lo que han querido durante decenios. La honestidad y la decencia en la gestión y su perfecto funcionamiento es memoria histórica.
Se han llenado bolsillos con el esfuerzo de los demás. Y nos vamos a llevar muchas sorpresas. Me consuela que la «E» de España haya desaparecido de esa sociedad perseguida por sus propias irregularidades. La ceja se está quedando sin pelos.